EL DISCIPULADO CRISTIANO

En la vida de Jesús es obvio que el “hacer discípulos” fue el centro del centro. Me atrevería a decir que no hubo aspecto de su ministerio tan importante como el discipulado. Claro, El vino a morir por nuestros pecados y resucitar de los muertos para nuestra justificación; pero todo eso lo hizo en un fin de semana, en cuanto al tiempo se refiere. También Él enseñaba, se entrevistaba con personas como Nicodemo y la samaritana, se metió en tamaños pleitos y polémicas. Pero en cuanto al tiempo que les dedicó, y en cuanto a su importancia crucial como estrategia misionera, el hacer discípulos recibió el lugar privilegiado en el ministerio de Cristo. Él siempre tuvo tiempo para ellos, y a veces se retiraba “aparte” con ellos para darles su atención completa. Los formó a su imagen y semejanza y los preparó para dejar la obra en sus manos. Hacer eso fue el meollo de su ministerio. Y creo firmemente que también hoy en la labor nuestra, en la proyección de la misión de la iglesia, el hacer discípulos demanda esa prioridad.
Este pasaje, en Mateo 10:1, introduce por primera vez en el relato bíblico a “sus doce discípulos”. En su sentido más amplio “discípulo” (mathetés en griego) significa “adherente, seguidor” en general (1), pero de “los doce” como discípulos de Jesús, el término implica incalculablemente más. Son sus seguidores en el sentido más estricto, sus aprendices, su “socios” comprometidos con Él en vida y muerte. Más adelante, en el libro de Hechos, “discípulo” es prácticamente sinónimo de «cristiano» (o somos discípulos o no somos cristianos), y en algunos autores, como Ignacio de Antioquía, el término se usa particularmente para los mártires.
Otra observación: los evangelios sinópticos siempre hablan en plural de «sus discípulos», o algunas veces “los discípulos” (en contraste con Juan, quien casi siempre lo usa en el singular, de algún discípulo en particular. Los sinópticos nunca lo usan en ese sentido). El concepto era comunitario: juntos, eran «los doce». Como el antiguo pueblo de Israel se fundamentó en los doce patriarcas, y fue constituido por doce tribus con su territorio y gobierno, así Jesús viene a establecer su «pueblo nuevo» (el núcleo del reino nuevo) con precisamente doce discípulos-apóstoles (2). Los antecedentes y sobretonos nacionales y políticos de este lenguaje nos hace situar el discipulado dentro de la historia, inseparable de la continuada acción de Dios ahora por medio de su nuevo pueblo, como antes por medio de Israel.
Como hemos dicho, los rabinos y otros también tenían «discípulos», pero con Jesús el discipulado es totalmente diferente, mucho más profundo. Es muy aleccionador notar los contrastes entre el discipulado rabínico (si es que merece tan alto título) y el discipulado de Jesús. En hebreo (y arameo) los discípulos del rabí se llamaban “talmadín”(3), de la misma raíz viene el nombre del Talmud, que es, por decirlo así, una antología de opiniones y tradiciones. Qué lejos del significado que tiene el ser discípulo del Maestro divino (entre paréntesis, el Talmud habla de los talmadín de Jesús de Nazareth, pero dice que eran cinco. Eso seguro para despreciarlos, y sobre todo para negar que fueran doce, como los fundadores de Israel).
La primera novedad del discípulo con Jesús, en contraste con el de los rabinos, es que es Jesús mismo quien llama a sus discípulos para que lo sigan. Era diferente entre los judíos: el muchacho que aspiraba a ser rabí miraba la fama de un maestro y de otro, escuchaba el renombre que tenía y la tradición que representaba cada uno, y el muchacho mismo decidía: «bueno, me impresiona la fama de Hilel, o me voy con Shamai, o Gamaliel me llama la atención a mí». (Parece que fue así como Pablo estudió a los pies de Gamaliel, no parece que Gamaliel le hubiera dicho «Sígueme», como un compromiso incondicional).
Con Jesús, pues, la situación es muy diferente. El aparece de buenas a primeras, señala a algún pescador con su dedo y le manda: «Sígueme». Y eso, que Él no es «rabino» «graduado» o «perfeccionado», como decían. Pero Él llama, y Pedro deja sus barcos, Leví deja su mesa, y todos ellos lo siguen. Por eso dice Él, “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros…para que vayáis y llevéis fruto” (4).
Esto nos trae el segundo contraste; Juan 15 lo señala muy bien, con el lenguaje tan hermoso del cuarto evangelio. «Llevar fruto» tiene dos significados, me parece: primero, compartir la vida de la vid, y segundo, realizar la obra de la vid, cumplir los propósitos del Señor. La preparación rabínica era básicamente intelectual, era aprender las tradiciones de la «escuela» para poder trasmitirlas también en las formas tradicionales. No era asunto de praxis, como decimos hoy día. Pero con Jesús era muy diferente. Dicen los Hechos que Él andaba por todos lados, haciendo el bien, y ser discípulo era andar con Él haciendo bien, actuando, demostrando la presencia y el poder del Reino de Dios. Claro que Él enseñaba muy lindo, era muy sabio, pero lo que marca su persona y su llamado es el fruto que produce. Sus discípulos están puestos para la acción en el nombre del Señor, con poder y autoridad que ningún rabí podía compartir. Por eso el discipulado rabínico era una institución básicamente tradicionalista, defensora del status quo, a conservar las cosas como son, mientras que el discipulado con Jesús es un programa de acción transformadora.
El tercer contraste, puede señalarse en otros términos: mientras los discípulos de un rabí se relacionaban básicamente con la doctrina o la tradición del maestro, los discípulos de Cristo se relacionaban básicamente con la persona divina de su Maestro. No les dice “sigan mi doctrina”, sino escuetamente “síganme a mí”. El no apelaba constantemente a Moisés y los padres, como hacían los rabinos, sino enseñaba con autoridad personal y propia. Y aún más, desde el principio se presentaba con una autoridad soberana que realmente solo podría pertenecerle a Dios. Por eso Él es el centro. Bien se ha dicho, “el cristianismo es Cristo”. Y cuando se nos llama a seguirlo, eso significa unirnos a Él, someternos a Él, compartir con Él su vida, su misión, su destino: su cruz. Por eso, todo discípulo es testigo (mártir).
Cuarto contraste. Me parece que en el discipulado rabínico, hasta donde puedo entenderlo, el maestro podría «coquetear» al «candidato» (perdónenme la caricatura), y el muchacho podría escoger al rabino, como hemos dicho, pero también luchar por merecer que el rabí lo acepte y esforzarse para destacarse entre sus compañeros (5). Todo es con base en los méritos, en el prestigio, lo que llamaríamos «las obras», tanto del rabí como del discípulo. El rabí que mejor se defiende y más brillantemente expone, es el de mayor fama y lleva más discípulos; y entre los discípulos, está la misma rivalidad (típica de estudiantes hoy día también) de ver quién es el mayor. Y si el discípulo «se enamorara» de otro profesor, o viera mayores posibilidades en otro campo, pues no hay problema: se cambia de afiliación. En resumen: Ese discipulado no exigía mucho, ni ofrecía mucho.
El discipulado cristiano fue y es totalmente diferente. Es de gracia, pero no de «gracia barata», como decía Bonhoeffer. Ofrece todo, y exige todo. “De gracia recibisteis, dad de gracia”, y dad todo. Es cierto que los discípulos discutían entre sí respecto a quién era el mayor, pero con eso contradecían su carácter de discípulos del Siervo. “El que es mayor de vosotros, sea vuestro siervo” (6). El más grande es el que más se humilla. Jesús no dice, “toma mis tradiciones y transmítelas”, dice, “toma mi cruz y sígueme”.
Con eso se destaca otro contraste, el quinto: el discipulado al cual Cristo nos llama es gracia, como acabamos de decir, pero es gracia que exige todo. Hay una tremenda radicalidad en la llamada que trae Jesús. Él aparece ante una persona y le manda dejar todo, comprometerse total y radicalmente con Él, entregarse a un estilo de vida totalmente nuevo, y darse hasta la muerte misma para la causa del Señor. Jesús no deja opciones. Sus exigencias son incondicionales. Más que sólo un maestro, se presenta desde el principio como el Señor de la vida y la muerte, Señor de todo. No conozco ningún rabino que se atreviera a imponer tales exigencias absolutas, radicales. Hacerlo sería ponerse en lugar de Dios. Pero Jesús insiste en que solo así es posible seguirlo. Hay que vender todo para comprar la perla de gran precio.
El Sexto contraste se expresa en otra característica del discípulo novotestamentario, que quizá en algo lo compartían los rabinos, pero ya con Jesús es cualitativamente distinta. Es la vida en comunidad. Una de las razones para que sus discípulos se decidieran a dejarlo todo, es que con Jesús todos compartían una sola vida, nadie llevaba «vida aparte». Ellos conviven completamente: andan juntos, comen juntos, se acuestan casi siempre bajo el mismo techo y se levantan a la misma hora para desayunar juntos. Tienen que «jugar el todo por el todo», y tiene que jugárselo juntos. Comparten toda una vida; viven juntos, y en efecto se mueren juntos (con Cristo). Nadie tenía derecho a «renunciar», pues ya estaba ligado a esa comunidad y a su Señor.
Entre los judíos existía algo parecido, aunque en mucho menor grado. Se llamaba KABURAH: un grupo que se comprometía con una lealtad inviolable, hasta la muerte y para «sellarlo» comían juntos periódicamente. La comida comunitaria tenía en cierto sentido o carácter sacramental; sellaba el compromiso, y violarlo sería lo más vil y vergonzoso. De Judas se dice, “el que comió el pan conmigo, ha levantado su calcañar contra mí” (7). Después de compartir el sacramento de la lealtad, me ha traicionado. Todo esto explica el marcado énfasis que los evangelios hacen en el comer de Jesús con sus discípulos, sobre todo después de la resurrección. No porque eran tan comilones, sino porque esa comida fraterna, ese ágape, tuvo tan tremendo significado. Era el centro de una comunidad intima, que hoy podría compararse con algo así como una comuna, o quizá en cierto sentido una cuadrilla de guerrilleros que se comprometen tanto con una causa común, que llegan a compartir su vida y todos los riesgos y sacrificios de su causa.
El último contraste, que me parece importantísimo, es que entre los rabinos el ser discípulo era como ser alumno hoy día en la primaria, la secundaria, el colegio; uno es discípulo para graduarse, y dejar de ser discípulo; uno era discípulo del rabí para «perfeccionarse» (8) («promoverse, graduarse») y llegar a ser «Maestro», rabí, y ya no más discípulo aprendiz.
Pero los discípulos de Jesús nunca se «gradúan», siguen siendo discípulos toda la vida (aunque la gente le llamaba «Rabí» a Jesús, Él tampoco se había «perfeccionado» en ninguna escuela rabínica). Uno es discípulo vitalicio, siguiendo al Maestro, hasta el día de su muerte. Nunca deja de ser «aprendiz» (uno que va aprendiendo, va formándose) para convertirse ya en «autoridad», en experto hecho y derecho. De la escuela de Jesús nadie se gradúa. Aun como «apóstoles» los doce no dejan de ser «discípulos». Son “los que siguen al cordero” (9), según Apocalipsis.
Creo que este es el sentido de Mateo 23.9, “no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra”. Todo el contexto habla de aquella autoridad incuestionable, y la soberbia profesional de los rabinos. Cómo se alegran cuando la gente les saluda en la calle con “Rabí, rabí” (v.7). El discípulo de Cristo no debe considerarse rabí (v.10). No es que sea mala en sí la palabra «padre»; de hecho, San Pablo se describe como «padre» que ha engendrado a sus «hijos» en la fe; eso está claro en I Corintios 4.15 y otros pasajes. Pero tampoco San Pablo pretendía ser «padre» en el sentido de la tradición rabínica, como autoridad incuestionable en materia doctrinal. Cristo es el único Maestro, y todos somos sus discípulos. Nadie más puede ser «raboni», o padre, o «maestro grande». Como decían los teólogos antiguos, todos somos los «párvulos» del Señor.
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Referencias
(1) Mateo 9: 36ª.
(2) Mateo 9:38
(3) Marcos 3:13
(4) Hechos 4:13
(5) Cf. Lucas 6:17, 19:37; Juan 6:60, 66; de los discípulos de Juan el Bautista, Juan 1:35, discípulos de los fariseos Marcos 2:18 y de Moisés Juan 9:28.
(6) Cf. Efesios 2:20, Apocalipsis 21:12-14
(7) Cf. Isaías 8:16
(8) Juan 15:16
(9) cf. lo que dice Pablo en Gálatas 1:14, “yo aventajaba a muchos de mis contemporáneos” – «saqué las mejores notas».
