A Ministry of the School of Theology and Christian Ministry—Olivet Nazarene University
Pulso Hispano
La iglesia ministrando en medio de la encrucijada cultural
8/04/09

EL DOLOR LLEGA A TODOS

El timbre insistente del teléfono taladró la quietud de la casa. El día, 21 de septiembre, tenía apenas dos horas de hacer principiado. Era un día esperado con ansia por toda la familia, ya que esa fecha es el cumpleaños de mi esposa. Pero este cumpleaños sería muy diferente.

Esther, semidespierta, tomó la bocina, y me la pasó diciendo: "Es Isaura, y quiere hablar contigo."

La noticia vino sin preparación alguna. Con voz entrecortada por el llanto, la esposa de mi hermano me aventó la noticia a través del teléfono, desde la lejana ciudad:

"Ha habido un avionazo de Mexicana..." dijo, y luego se detuvo. Después, la oí decir: "Era el avión de Luis..."

"¿Y mi hermano?" grité, queriendo y no queriendo oír la respuesta.

"Ha muerto," contestó Isaura.

Allí se detienen los recuerdos precisos. Creo haber balbuceado algunas palabras para preguntar algo. Creo haberle pasado la bocina a mi esposa que se había dado cuenta de que algo terrible había pasado. Después, los recuerdos se vuelven más vagos aún. Creo haber salido de mi recámara, que estaba en el segundo piso de la vieja casa, y haber bajado corriendo, como si esperando que si podía correr bastante, podría dejar atrás el bárbaro aviso, sin que me atrapara.

Me parece que para entonces mi llanto se había vuelto un clamor. Mi dolor salía a gritos. ¡Luis, Luis! ¡No podía ser, no podía ser! No podía ser que así, con un tajo cortante y despiadado de la vida me hubiera quitado a alguien tan querido, tan necesitado!

Mi hermano, único hermano, quien era más que mi hermano.

Mi hermano que había estado allí en mi vida desde el día primero. El que había sido mi amigo durante todo el valle de mi niñez dolorosa, y por la ausencia de nuestro padre, mi protector. El mismo quien, ahora que vivíamos separados por miles de kilómetros, llegaba a mi casa en el primer vuelo disponible cuando yo estaba enfermo. El hermano quien en los años de la edad adulta me había seguido ayudando a hacer sentido del pasado de nuestra niñez envuelto en una niebla dolorosa. Y ahora, muerto...? ¿Muerto? ¿Ya no lo volvería a ver jamás?

Fue como si de repente, la mitad de mi vida había sido arrastrada por un terrible torrente. Me sentí como esa pobre viuda descrita por Lucile H. Jones, quien después de la muerte de su esposo, con quien había vivido casi toda una larga vida, declaró: "He perdido la mitad de mi vida"

De alguna manera u otra, como un autómata, hice los arreglos para el largo viaje a la ciudad de México. Desde que descendí del avión, cada piloto en el aeropuerto trajo un nuevo recuerdo de mi hermano, y con ello, más lágrimas. ¡Cada uno de ellos se parecía a Luis! Como en una pesadilla, recuerdo la ceremonia en la iglesia, el cortejo fúnebre, y luego muy vagamente, el haberme parado junto a la fosa abierta.

Después, el vuelo de regreso. Ahora me esperaba confrontar el hueco enorme que dejaba su partida. Un hueco lleno, hasta el tope, de dolor, un dolor que se derramaba sin ninguna esperanza de acabarse. Pero aun entonces no me había dado cuenta de los efectos bárbaros del dolor.

A mediados de noviembre, para cumplir una responsabilidad previamente contraída, regrese a la ciudad de México. Razoné que no debía huir. De una manera u otra pasé el día, lo que incluyó una larga visita a la familia, donde el tema fue, desde luego, mi hermano.

Ya noche, rumbo al hotel, en un taxi, me prendió el dolor. Se me acabó la respiración. Creí que se me escapaba la vida, y así pasé toda la noche. Al amanecer del domingo buscamos un doctor, quien después de examinarme, me hizo una sola pregunta: "¿Ha tenido usted recientemente un gran dolor?"

El dolor, en intensidad máxima, había llegado a visitarnos. Sin duda alguna, parte de la intensidad se debió a lo inesperado. Claro que el temor de esa clase de tragedia había estado allí, en el fondo, amenazante, cruel, todos esos años en que mi hermano había sido piloto. En juego, en peligro estaba la unión de toda una vida de él y mía. Por todo esto, el golpe fue tan hondo, tan cruel, que por varios años jamás pude hablar de la muerte de mi hermano. Cuando se mencionaba, yo sencillamente callaba.

Sólo quienes hayan atravesado por un dolor semejante podrán entender tal cosa. Al escribir estas palabras, 17 años después, me di cuenta que era la primera vez que hablaba de ello.

En esa o en otra más de mil diferentes formas, esperado o no, el dolor siempre llega a nuestra puerta. Es uno de los constantes de la vida. Nos guste o no, podemos estar seguros de que en un momento u otro, el dolor irrumpirá en nuestra vida como un enemigo que entra sólo porque tiene la fuerza para hacerlo, toda la que sea necesaria para derribar las murallas que pretendamos poner para estar a salvo de él.

Ningún ser humano puede evitar su indeseada visita. Ni el rey ni el campesino. Ni el santo ni el inicuo. Ni el anciano ni el niño. Ni la persona dedicada al bienestar de los demás, no el que sólo vive para sus propios intereses. El dolor llega a todas las puertas. Es una de las pocas experiencias comunes de todos los seres humanos. Nos hermana tanto como lo que significa vivir en un cuerpo, como el amor, como la muerte.

Llega también a la vida del hijo de Dios. Es cierto que una y otra vez sale a la superficie esa "interpretación" de que el evangelio es el camino a la prosperidad, a una vida "sin problemas". ¡Vaya tergiversación de lo que el evangelio ofrece! ¡Vaya falsa y cruel promesa! Esta clase de interpretación de la fe cristiana hace aún más angustiosa la visita del dolor.

Ni leyendo la Biblia ni viendo la vida podemos decir que los cristianos estamos exentos del dolor en su dimensión más cruenta. Todo lo contrario, sabemos que al igual que todos los demás seres humanos, los seguidores de Cristo pasaremos también por ese valle. Baste aquí decir: lo que Elifaz dice acerca del problema de Job, se aplica a todos nosotros: "Como las chispas se levantan para volar por el aire, así el hombre nace para la aflicción" (Job 2:7)

Pero aunque no hay escape del dolor, lo que sí podemos decir es que la vida con Dios, en el sentido bíblico, nos da acceso a una comprensión diferente del dolor. Y también que nos ofrece recursos adicionales para el encuentro. Comos se ha dicho en muchas ocasiones, Dios hace más que salvarnos. Él ofrece ayudarnos en los momentos atroces de la vida. El dolor no tiene que destruirnos.

Cuando el dolor llegó a mi hogar y a mi vida, yo no había tenido ocasión de descubrir esa luminosa verdad. Tuve que aprenderla de rodillas, ante una tumba abierta, ante una cama de hospital, y sobre todo, ante una Biblia abierta. Antes de ese descubrimiento, no pude manejar el encuentro como podía haberlo hecho. No supe qué hacer con este Extraño que vino como visitante inesperado y se quedó como huésped indeseable.

Precisamente porque el dolor es la experiencia universal, escribo ahora de esas visitas, esperando que estas líneas, una vista del llanto a través de la Biblia, puedan ayudar a alguien cuando el dolor toque a su puerta. Porque con el paso del tiempo, lo que yo y los míos descubrimos fue que hay muchas otras personas sufrientes que necesitan, algunas desesperadamente, ayuda para esos momentos terribles cuando la vida parece derrumbarse y perder significado. Sea que lo digamos o no, ya no queremos vivir.

¡La fe cristiana es fe salvadora! Esto es precioso más allá de lo que podemos entender o expresar. Pero también es una fe sólida, fuerte y suficiente para la vida y todo lo que ésta puede traer. Nos abre la puerta del cielo, pero también nos capacita para la vida en este mundo, Estas palabras no son una teoría, por bella que parezca, ni la frase de algún hombre famoso o de un libro excelente. Son la conclusión victoriosa de millones de seres humanos, uno de los cuales es este hombre sufriente que ahora escribe. Escribe porque su familia y él experimentaron el dolor en suma intensidad, pero también, con y por la ayuda de Dios, descubrieron cómo salir del largo túnel.

Ahora escribo para compartir ese viaje tal como muchos lo han hecho. Como por ejemplo, Harold S. Kushner, a quien considero mi gemelo en la peregrinación con el dolor, y en el valle al que nos lleva. A su puerta también llegó el dolor, esta clase de dolor. Él también tuvo que esperar para escribir de ello. Él también, como yo, tuvo que reconciliar su dolor con su fe. En su pequeño libro, del que Norman Vincent Peale dijo que era "un libro que toda la humanidad necesita", Kushner confiesa que es "fundamentalmente un hombre religioso que ha sido herido por la vida." 1

Sin embargo, nada de lo anterior nos "califica" como expertos sobre el tema. El dolor es tan personal, tan diferente en cada caso, que cualquier actitud rígida sobre ello es insostenible. Como dice James R. Edwards, "el sufrimiento es demasiado misterioso y terrible como para ser reducido a una formula superficial, y sobre todo fácil. Esperemos que nadie tenga la osadía de escribir sobre Diez Reglas para Sufrir con Éxito." 2

El propósito de estas páginas es ofrecer un rayo de claridad a la experiencia del sufrimiento, que para tantos seres humanos es un túnel oscuro o negro, y sin salida. Por la mera providencia de Dios, nosotros encontramos la luz al fin del túnel.

Aunque incluimos conceptos excelentes de libros consultados sobre el tema que pueden ayudar a personas adoloridas, lo que describo a continuación es el descubrimiento nuestro, paso a paso. Es la estrategia que tuvimos que forjar, una amalgama de nuestro dolor, nuestra fe en Dios, la dirección de su Palabra y nuestra determinación de que, con la ayuda del Buen Pastor, saldríamos del valle.

El lector notará la sencillez de la estrategia sugerida. No hay nada aquí difícil de entender. ¡Cuando estamos sufriendo no necesitamos argumentos profundos! Se trata de cinco acciones, deliberadas y positivas: Cuando el dolor llegue...

  • Acéptalo, es una realidad, es tu realidad
  • Exprésalo, es tiempo de llorar
  • Limítalo, puede devorarte
  • Entrégaselo a Dios, nadie más puede sacarnos del túnel
  • Úsalo, esa es la victoria sobre el dolor.

Cinco aspectos de nuestra respuesta al dolor. No son acciones que sólo unas cuantas almas valientes pueden dar. Todo lo contrario. Son cinco pasos que todos podemos dar hacia la sanidad.

Hay que aclarar algo más: no son cinco pasos para cinco semanas. Esto no es un "curso rápido" para sobrevivir a la clase de dolor como el mencionado al principio. No hay tal cosa. Tal vez dar los cinco pasos requiera meses, o años. Lo esencial es que podemos darlos, con la ayuda de Dios. Él está listo a tomarnos de la mano.

El dolor pone llagas hondas en nuestros corazones y palabras conmovedoras en nuestra boca. Kushner, cuyo dolor fue la pérdida de su amado hijo Aarón, de escasos 14 años de edad, uno de los peores dolores de la vida, escribe:

Este libro es de mi hijo, porque cualquier intento de encontrar sentido en el dolor del mundo será un éxito o un fracaso en el grado en que ofrezca una explicación aceptable de por qué él y nosotros tuvimos que pasar por lo que pasamos (las cursivas son nuestras). Es de nuestro hijo en otro sentido...en que su vida lo hizo posible, y su muerte lo hizo necesario. 3

El poeta mexicano Amado Nervo escribió toda una colección de poemas sobre el dolor de haber perdido a la mujer amada. En la introducción de esa colección escribe,

Este es el libro de mi dolor.

Lagrima a lagrima lo forme...

Este es el "libro de mi dolor". Pero también de mi consuelo.

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NOTAS

1 Harold S. Kushner. When Bad Things Happen to Good People. New York: Avon Books, 1983, 3.

2 James R. Edwards. "When Bad Things Happen." Christianity Today 33, no 11 (Ag 1989): 30-32.

3 Kushner, 5.

Perfil del autor

Sergio Franco, nació en la ciudad de México, cursó su educación universitaria en el Instituto Politécnico Nacional en esa misma ciudad. Viajó a Estados Unidos a continuar con sus estudios en el Instituto Tecnológico de California. Por la predicación del evangelio se sintió llamado a la vocación pastoral. Inició sus estudios teológicos en Pasadena College (ahora la Universidad Nazarena de Point Loma), que le otorgó la Licenciatura en Teología y Matemáticas. Concluyó sus estudios de posgrado, en el Seminario Teológico Nazareno de Kansas City, que le otorgó la Maestría en Divinidades, con honores. Posteriormente hizo estudios avanzados en las Universidades de Kansas y de Missouri, que le otorgaron la Maestría en Artes y el Doctorado en Filosofía, respectivamente.

Ha servido como ministro en la Iglesia del Nazareno, en el pastorado, la enseñanza y formación de ministros y la página impresa. En esta última área trabajó treinta años, dirigiendo varias revistas, editando libros y comentarios bíblicos, y escribiendo artículos publicados en diversas revistas de Estados Unidos y América Latina. De su pluma han salido nueve libros en español e inglés, algunas de estas obras son: "Evangelismo, un concepto en revolución", "Cantos de fe y amor", "Usted puede enseñar mejor", "Aproximación al estudio de la Biblia", "Perdonados, perdonamos", La vida de la Semana Santa", "Wounded but Transformed", entre otras.

Él y su esposa, educadora retirada, radican en Pasadena (CA). El doctor Franco continúa activo en la exposición del evangelio y temas bíblicos, dictando cursillos y escribiendo.