A Ministry of the School of Theology and Christian Ministry—Olivet Nazarene University
Pulso Hispano
La iglesia ministrando en medio de la encrucijada cultural
11/01/09

La adoración y la iglesia contemporánea

Entre las muchas metáforas bíblicas que se han usado para graficar la realidad de la iglesia, está la del cuerpo.  El apóstol Pablo usó esta figura cuando les escribió a varias de las congregaciones de su tiempo (cp. Ro. 12: 4,5; I Co. 12: 12; Ef. 4: 15,16). La iglesia es el cuerpo cuya cabeza es Jesucristo y su vitalidad está determinada por la claridad y calidad de esa relación. El cuerpo, como referente de la relación armoniosa que debe primar en todo organismo vivo, requiere ser examinado con periodicidad para evaluar su estado de salud.  Para ello, es muy importante tener en cuenta los signos vitales que han de permitir un diagnóstico adecuado de la salud del organismo representado en el cuerpo.

En lo que atañe a la iglesia, hay varios signos vitales que haríamos bien en revisar periódicamente para auscultar su estado de salud: la comunión, la evangelización, el discipulado, la predicación, el servicio, la adoración, entre otros.  En esta ocasión, por razones de espacio, nos proponemos explorar uno de estos signos vitales, la adoración en su expresión llamada culto.

Observar la adoración, tal como se expresa en una gran parte de la experiencia cúltica de las iglesias evangélicas hispanas, es causa de preocupación.  Se puede percibir, sin mucho esfuerzo, que la nota saltante en la práctica actual de los cultos hispanos está dada por una fuerte expresividad emocional, una indolente improvisación o una frustrante rutina que, poco a poco, va minando la vitalidad de la iglesia.

Ante una situación así, casi siempre la tendencia es mirar hacia atrás y preguntar ¿cómo adoraba la iglesia primitiva? ó ¿cómo era la adoración en el pueblo de Israel en sus días de esplendor? ó ¿cómo adoraba la iglesia en los tiempos aurorales de la Reforma? etc.  Es más, en las prácticas de adoración que han proliferado en un gran número de las iglesias evangélicas hispanas de los últimos tiempos, ha sido notoria la proliferación de modelos, supuestamente "rescatados" de los tiempos del Antiguo Testamento.  Algunos estudiosos de la vida de la iglesia evangélica, señalan la presencia creciente de lo que ellos llaman, la judaización de la adoración cristiana.  Si la observación la ampliamos a otros contextos, más allá de la realidad hispana norteamericana, nos encontramos con que en algunos países, proliferó por mucho tiempo una terminología que no había sido común en nuestro medio y que se traducía en frases como "danza davídica," "alabanza guerrera", etc.

La pedagogía divina nos enseña que, más importante que mirar hacia atrás, es proyectarnos hacia adelante.  Es decir, no basta con una mirada retrospectiva o histórica. Lo que realmente necesitamos es una perspectiva escatológica.  El aliento renovador del Espíritu de Dios podrá actuar con libertad en la iglesia cuando, no sólo añoremos lo que fue sino cuando anhelemos lo que será en plenitud, en la manifestación final y gloriosa del reino de Dios.  En todas las áreas de la vida de la iglesia, debemos vivir a cabalidad nuestra doble ciudadanía (Fil. 3: 20).

En el libro de Apocalipsis encontramos una base excelente para proyectar nuestra mirada respecto a lo que debe ser nuestra adoración.  Leer los tres primeros capítulos de este libro nos deja un poco turbados.  En el primer capítulo, vemos al apóstol Juan prisionero en la isla de Patmos "por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo" (1: 9b).  Los capítulos 2 y 3, constituyen un retrato realmente sombrío de la vida y ministerio de las iglesias en medio de un ambiente que se tornó cada vez más hostil al mensaje del evangelio y a sus testigos. Pero algo trascendental ocurre. El desasosiego que se produce al contemplar la situación histórica de la iglesia se torna ahora en una renovada esperanza. Nos dice Juan, "Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas" (Ap. 4:1).

Y, cuando Juan entra en aquella escena celestial, "en el Espíritu" (v.2), no ve un cuadro de figuras estáticas, lúgubres, sino más bien se encuentra ante una atmósfera de gloriosa adoración, de júbilo sin par, de alegría sin límite. Lo que le llama la atención a Juan en esta visión es lo que se hacía en el cielo, se adoraba. Por lo tanto, hay un imperativo para nosotros como evangélicos hispanos: debemos preocuparnos porque nuestra adoración proyecte el modelo de la adoración celestial, si es que deseamos que nuestra iglesia cumpla el propósito de Dios.

La pregunta que surja de la anterior afirmación probablemente sea: ¿cómo vamos a lograr proyectar el modelo de la adoración celestial en nuestra adoración congregacional?  La respuesta tiene que ser, cultivando y desarrollando, por lo menos, tres de las características que se nos presentan en el capítulo cuatro de Apocalipsis y que delinean lo que podemos calificar como la adoración celestial:

1. La adoración celestial es teocéntrica (Ap. 4:2-4a). Es decir, está enfocada en Dios, él da sentido al quehacer de adoración. El eje de la adoración celestial es "uno sentado en el trono" (v.2). Si observamos detenidamente el capítulo, nos daremos cuenta que la palabra trono, en singular, se repite doce veces y, la única vez que se menciona el plural tronos, es para indicar que "alrededor del trono había veinticuatro tronos" (v.4a). Esto nos habla de que el señorío y la soberanía de Dios son incuestionables. Los que adoran en el cielo saben que están ante UNO que es Señor y Dios, por lo tanto, su lugar no es compartido con nadie.  Tenemos que ser honestos y señalar que mucho de lo que hoy pretende pasar por "adoración" no es tal, es más bien, rutina religiosa. En muchos lugares, se pretende combatir esta rutina con explosiones de emotividad y lo único que se logra, al fin, es un espectáculo que necesita ser "nutrido" constantemente con nuevas "atracciones estelares" para mantener el entusiasmo. Para complicar el panorama, los eventos con los que nos confrontamos día a día, pretenden "cuestionarnos" la soberanía de Dios. Las noticias que escuchamos o vemos, la dura realidad de violencia en la que estamos inmersos, donde pareciera que las fuerzas de muerte están desatadas por doquier, una sociedad a la deriva como la que nos ha tocado ministrar, etc., todas a una, es como si nos gritaran con fuerza "sean realistas, Dios no es soberano, no es Señor..."

Si hacemos a un lado esta característica de la adoración celestial, no hay ninguna duda de que nuestra adoración se tornará antropocéntrica, es decir, centrada o enfocada en nosotros mismos.  En consecuencia, la preocupación principal ya no será la persona de Dios y su honra, aún cuando de labios para afuera afirmemos lo contrario. Cuando nuestra adoración no tiene como centro a Dios, adquieren prioridad nuestros gustos, nuestra comodidad, nuestros intereses. La centralidad de Dios en la adoración de la iglesia hispana debe estar evidenciada por una recuperación de la centralidad y autoridad de la Palabra de Dios. Uno de los indicadores principales del deterioro de la salud de la iglesia está dado por la pobreza y superficialidad de la predicación contemporánea. Asistimos a una de las épocas más sombrías en lo que se refiere a la exposición de la Palabra. Lo grave es que, en vez de poner remedio a esta crítica situación, muchas veces se pretende remediar la carencia de una predicación bíblicamente fundamentada con artificios de todo orden, menos con estudio y reflexión seria de la Palabra que refleje, realmente, que nuestra comunión con el único Dios soberano es fresca y permanente. ¡Cuánta adoración con sabor a tierra es posible contemplar hoy! Adoración centrada en el ser humano y sus gustos.

Lo que debe movernos a adorar, en verdad, es la profunda convicción de que Dios es soberano. Y, a pesar de que las circunstancias pretendan hacernos dudar de ello, nuestra adoración debe mostrar la profunda certeza de que sigue siendo verdad, y lo será por la eternidad, que Él está en su trono y, por lo mismo, sigue siendo Señor. Esta visión no dejó a Juan igual que antes. Su perspectiva cambió y encontró nuevas fuerzas para seguir adelante dando testimonio de Jesucristo. Este debe ser el resultado de nuestra adoración siempre, cuando está centrada en Dios.

2.  La adoración celestial es comunitaria (Ap. 4:4). Se puede observar, en el cuadro que contempló el apóstol Juan, que en la adoración celestial no hay lugar para los invitados "estrellas," aparte del Señor mismo.  El pasaje es muy revelador: "Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas, con coronas de oro en sus cabezas." (Ap. 4:4, las cursivas son nuestras). Independientemente de lo que representen los ancianos que estaban sentados en los tronos, nos llama la atención la forma en que estaban ubicados, esto es, "alrededor del trono." Esta disposición nos habla de una distancia similar que todos ellos tenían respecto del que es el centro de la adoración. Por lo tanto, no hay lugar para las exclusividades.

Esta característica de la adoración celestial como una experiencia comunitaria nos recuerda la naturaleza de la iglesia como pueblo de Dios, como cuerpo, como edificio, como nación santa, etc. Todas estas figuras relacionadas a la iglesia, enfatizan una realidad comunitaria en la que cada uno de los miembros es importante, cada uno juega un rol especial y cada uno aporta, desde su propia experiencia, una tonalidad especial al hermoso cuadro de la adoración que ofrecemos a nuestro Dios y Padre. Pero, para que ello ocurra, necesitamos estar seguros de que Dios está en el centro de nuestra adoración.

Cuando se pierde de vista esta característica, nuestra adoración se vuelve individualista, utilitaria y excluyente. No es raro, entonces, que empecemos a escuchar preguntas como ¿de qué me sirve adorar? ¿Qué voy a obtener a cambio? ¿Qué novedad o atractivo espectacular hay en el culto al que estoy asistiendo? (Cuántas bendiciones dejamos de disfrutar cuando adoptamos una perspectiva excesivamente individualista en nuestra adoración! Es nuestra responsabilidad velar para que nuestra experiencia de adoración, como iglesia de Jesucristo, refleje con nitidez que somos "linaje escogido, nación santa, real sacerdocio, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habías alcanzado misericordia, pero que ahora habéis alcanzado misericordia" (1 P. 2:9,10; cursivas nuestras).

3. La adoración celestial es inteligente (Ap. 4:8, 9-11). Está nutrida de convicciones que nadie puede desarmar o destruir. Esta característica de la adoración celestial se puede notar en uno de sus elementos más evidentes en el cuadro que nos comparte Juan, la alabanza.

Al enfocar nuestra atención en los versículos 8 al 11 de este capítulo, se puede notar que la alabanza que forma parte de la adoración celestial está llena de lo que podríamos llamar teología. Es decir, proclama afirmaciones contundentes respecto a la naturaleza y obra de Dios. Por ejemplo, exaltan: su santidad (v.8c), su omnipotencia (v. 8d), su eternidad (v. 8e), su soberanía (v. 9-10), a Dios como creador y sustentador (v. 11). Muy por el contrario de lo que pudieran  pensar algunos, esta alabanza que nutría a la gloriosa adoración celestial no es "escapista." Más bien, infundía nuevas fuerzas para seguir adelante, se convertía en una poderosa motivación para enfrentar todas las adversidades y los peligros que implicaba ser discípulo de Jesucristo en un ambiente de persecución alimentado desde las mismas estructuras imperiales romanas.  Esta alabanza, al no ser escapista tampoco generaba una adoración alienante sino edificante.

La adoración en las iglesias evangélicas hispana requiere, con suma urgencia, rescatar esta característica de la adoración celestial.  Primero, porque de esta manera se desterrará de en medio de la frecuente "alabanza" actual, todos esos cánticos cuyos contenidos no tienen ningún fundamento en la Palabra y que, muchas veces, la contradicen. Pero, además, porque evitará que caigamos en el terreno resbaladizo de la mera satisfacción de nuestros sentidos con un peligroso sobre énfasis en "lo que siento," "lo que oigo," "lo que veo," "lo que está de moda," "lo que me gusta," etc.

Estamos seguros de que, cuando Juan regresó a las iglesias de Asia Menor y pudo adorar junto a sus hermanos en la fe, el ambiente no fue el mismo, porque cuando estamos en la presencia del Dios del cielo y de la tierra, nuestras vidas nunca siguen siendo las mismas.

En conclusión, cabe preguntarnos, ¿cómo es nuestra adoración? ¿Está reflejando estas características de la adoración celestial? Cuando las comunidades en medio de las cuales ministran nuestras congregaciones, observan nuestra adoración, ¿pueden detectar algunos destellos de lo que será aquella hermosa experiencia de adoración triunfante en la misma presencia de Dios? Que la alabanza que nutre nuestra adoración sea como la voz de aquella gran multitud que, semejante al estruendo de muchas aguas y grandes truenos decía. ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! (Ap. 19:6).

Perfil del autor

Wilfredo Canales, peruano, es presbítero de la Iglesia del Nazareno. Actualmente, es el Coordinador del Programa Hispano de Maestría en Ministerio en Olivet Nazarene University donde, al mismo tiempo, es profesor asociado en el College of Arts and Sciences. Además, es Presidente del Centro de Estudios Pastorales, CEP, de la Iglesia del Nazareno, en Chicago, un proyecto de educación ministerial que sirve a la región Norcentral de EEUU. También, funge como Editor de la Revista "Reflexiones Ministeriales." Previamente, sirvió en el ministerio pastoral, la superintendencia de distrito, las comunicaciones y la educación teológica en América Latina, como misionero de la Iglesia del Nazareno. Ha publicado artículos en importantes revistas teológicas y pastorales de Latinoamérica y ha participado como expositor en consultas y congresos evangélicos del continente. Él y su esposa Ada, tiene dos hijos, Marcos (pastor nazareno en Los Ángeles, CA) y Esteban (estudiante en Olivet). Reside en Bourbonnais, IL.