A LAS PUERTAS DE UNA NUEVA ASAMBLEA GENERAL

La Iglesia del Nazareno, como suele hacerlo cada cuatro años, se apresta a realizar una nueva asamblea general. En la cultura organizacional formal de nuestra denominación y, especialmente, en los sectores tradicionales de la iglesia fuera de los EEUU, este evento siempre está revestido de una especial expectativa: es el momento para el encuentro con nazarenos provenientes de muchos lugares alrededor del mundo, se comenta sobre las posibles actualizaciones en declaraciones doctrinales o cambios en las políticas o en el liderazgo general, que se producen como parte del hecho de que, la asamblea general, constituye el nivel máximo de gobierno en la Iglesia del Nazareno.
La asamblea general que se avecina en las próximas semanas no es la excepción. Los comentarios abundan respecto a una variedad de temas que estarían por definirse en este evento. Por doquiera circulan comentarios respecto a lo que puede pasar en la denominación si es que, entre los nuevos líderes a elegir que esta vez serán tres, aparecen personas que no provienen de los EEUU, como ha sido la práctica común hasta el presente. Hay vaticinios o especulaciones en relación a ciertos cambios en los procedimientos administrativos de la iglesia en sus variados niveles, entre otros asuntos. Sin embargo, como ha ocurrido en otras oportunidades, esta asamblea general, si bien es cierto que proveerá un tiempo para el encuentro, la adoración y el compañerismo nazareno, tendrá escasa incidencia sobre la vida y proyección de las congregaciones nazarenas dondequiera que estén, en tanto la denominación no asuma el reto de responder a los tremendos desafíos que plantea el escenario en el cual debe realizarse el ministerio de la iglesia.
Es hora, por tanto, de que todos los nazarenos y a todos los niveles, empiecen a dialogar sobre los desafíos que deben ser confrontados para ministrar fructíferamente en la presente hora. Por la experiencia de ministerio en las tres regiones hispanas del continente americano, el contacto permanente con el liderazgo hispano más representativo (pastores y superintendentes de distrito) de esas regiones y la relación actual con el ministerio hispano en los EE.UU., me permito plantear lo que, desde una lectura hispana, constituirían los desafíos que requieren urgente atención en nuestra iglesia.
En primer lugar, está el desafío de nuestra identidad. Hace apenas unos meses acabamos de celebrar el primer centenario como denominación. Esa celebración que estuvo alentada por el lema "De muchos Una, de una Muchos," nos confrontó con una inquietante realidad: los nazarenos alrededor del mundo, incluido los EEUU, no estamos muy claros respecto a cuáles son los rasgos esenciales que conforman el perfil del ser nazareno. Es cierto que en nuestras declaraciones oficiales seguimos haciendo alusión a elementos como la «doctrina distintiva» (en el aspecto teológico), al principio de la representatividad (en el aspecto organizacional) o al compromiso con la evangelización y la compasión (en el aspecto misional), pero la verdad del caso es que, en la práctica cotidiana de nuestras congregaciones locales, los rasgos que hemos mencionado no moldean ni el carácter ni el quehacer de las mismas, con lo cual se ahonda la confusión. Y, sin lugar a dudas, la identidad de la denominación no descansa en lo que las declaraciones oficiales proclaman sino en lo que las congregaciones locales modelan o encarnan en sus propios lugares de cumplimiento de la misión. Cualquier observación general de lo que constituye la vida de las congregaciones nazarenas locales mostrará, sin lugar a dudas, que el perfil de identidad predominante es el de una iglesia cristiana genérica sin un aporte específico o peculiar al conjunto del cuerpo de grupos cristianos en una zona determinada (ya sea ciudad o país). Un corolario de esta situación es que, al fin de cuentas, nuestras congregaciones locales terminan imitando todo lo que esté de moda (como exitoso) en el panorama eclesiástico (ya sea música, estilos de reuniones, tipos de actividades, modelos de relacionamiento o cooperación entre grupos cristianos, entre otros). Este es un desafío que debemos atender.
En segundo lugar, está el desafío de nuestra organización. Surgimos como denominación en el contexto de la transición cultural que se producía en los EEUU entre el paso de una sociedad tradicional (marcadamente rural) a una sociedad moderna (predominante urbana e industrial). Los principios básicos de nuestra organización (sistema representativo, rol promotor y supervisor de la superintendencia distrital y general, entre otros), además de sus respectivos antecedentes bíblicos, fueron forjados en el marco de una concepción de participación derivada del paradigma de la democracia moderna y su correspondiente expresión en el dinámico mundo empresarial (sistema decisional altamente especializado, jerárquico y centralizado, para mencionar solo lo más saltante). En este marco cultural, el correlato es que la capacidad de convocatoria e influencia de una persona es directamente proporcional al lugar que ocupa en una terminada estructura jerárquica. En términos de nuestra organización era predecible, entonces, el nivel de convocatoria de un pastor, un superintendente de distrito o un superintendente general. No había lugar a dudas.
El contexto cultural actual nos confronta con un cambio radical en los aspectos mencionados antes. La verticalidad institucional está siendo erosionada por la horizontalidad de las redes de afectividad, contacto o cooperación. Esto explica por qué, en la actualidad, es más fácil que, por ejemplo, los jóvenes de una congregación estén más dispuestos a asistir a un concierto musical juvenil interdenominacional (donde deben pagar para asistir), que participar de un evento juvenil (tal vez gratuito) convocado por la JNI del distrito. O, en otro nivel, por qué hay más pastores nazarenos locales en una conferencia sobre guerra espiritual que en una asamblea de distrito.
Con base en lo mencionado, y ante la proximidad de una nueva asamblea general, es importante que aclarar que, la elección de los nuevos superintendentes generales, independientemente de dónde provengan, no tendrá mayor incidencia en la vida cotidiana de las congregaciones nazarenas locales, más allá de servir como un incipiente testimonio de diversidad en el rostro institucional de la denominación. Estos señalamientos, llaman la atención al hecho de que, nuestra organización debe revisarse de manera integral para ser puesta en función de una iglesia que tiene la responsabilidad de ministrar en una atmósfera sociocultural en constante cambio. Este es un desafío que debemos atender.
En tercer lugar, está el desafío de nuestra proyección. Con el término proyección aludimos a la forma como concebimos nuestra accionar en el mundo. Es decir, la forma como hemos de cumplir nuestra misión. Por supuesto, fundamental en nuestra proyección será la definición de nuestra identidad (quiénes somos) y la forma como hemos de articular nuestros recursos humanos e institucionales (organización). Pero, además de ello, será vital redefinir varias categorías que usamos en nuestra proyección al mundo y que, muchas veces, se traducen en indicadores de incierta referencialidad. Por ejemplo, la naturaleza de nuestra responsabilidad misionera como denominación ¿está predominantemente influenciada por un enfoque geográfico o sociocultural? El rol del elemento misionero está mediado por la institucionalidad denominacional y, por lo tanto, es un eslabón de la cadena jerárquica y supeditado a ella o el rol misionero se gesta en las necesidades de los escenarios a ministrar y está supeditado, en la naturaleza y dinámica de su trabajo, al liderazgo local o distrital más próximo.
Por otro lado, en la forma de evaluar el fruto de nuestra proyección como iglesia, ¿qué indica una categoría como "la membresía"? ¿Nos dice algo respecto a la naturaleza de las personas como discípulos de Jesucristo? Al ponderar a las «mega-iglesias», de la denominación como a las de afuera de ella, como los modelos dignos de imitación o de visita obligada para "inspiración," sin hacer los señalamientos críticos apropiados a ciertos aspectos "peculiares" de esos modelos ¿no se privilegia una proyección pragmática donde el criterio predominante es que debe ponerse en práctica "lo que funciona" (léase, tiene resultados visibles), independientemente de si satisface o no las exigencias del reino de Dios? Este es un desafío que debemos atender.
Por supuesto, hay muchos otros aspectos para señalar y trabajar, en el esfuerzo por poner a nuestra iglesia a tono con las demandas del momento y las exigencias de la Palabra de Dios: el rol del liderazgo pastoral, la naturaleza y contexto de la educación ministerial, la adoración cristiana, el compromiso con y servicio al mundo en el que la iglesia ministra, y la lista continúa. Nuestro interés con la presente nota es incentivar a un diálogo franco y respetuoso entre los nazarenos que asumimos un serio compromiso con la iglesia. Nuestros señalamientos están enraizados en una identificación plena con la iglesia en el marco de nuestra obediencia a Jesucristo. Por lo mismo, consideramos que, para servir mejor a nuestro Señor, por medio de la Iglesia del Nazareno, debemos ser parte de un proceso de actualización y re-definición que nos haga, como iglesia, idóneos instrumentos de su propósito.
Como iglesia cristiana, a semejanza de las siete iglesias del Apocalipsis, deberíamos tomar el tiempo necesario para, haciendo a un lado cualquier triunfalismo, escuchar, con el auxilio del Espíritu Santo, el diagnóstico que el Señor hace de la forma en que estamos cumpliendo su misión. Lo más probable es que escuchemos las mismas palabras "Yo conozco tus obras... Pero tengo contra ti" (Ap. 2: 2, 4, Versión Reina Valera).
Es mi oración que, una vez pasada la presente asamblea general, los nazarenos en todas partes y en todos los niveles, nos dispongamos a orar, reflexionar y dialogar sobre los desafíos planteados y otros que son conexos a éstos. Y que, luego, nos comprometamos a trabajar intensamente para que nuestra iglesia cumpla la misión de Dios en este tiempo.
Preguntas para el diálogo:
- ¿Está de acuerdo en que la Iglesia del Nazareno debe considerar los desafíos que se derivan de los cambios culturales que se están dando en el mundo actual?
- ¿Cuál es su apreciación respecto a los que el autor considera como los desafíos más urgentes que debe atender la Iglesia del Nazareno? ¿Está de acuerdo o en desacuerdo? ¿Por qué?
- Según su criterio, ¿cuáles serían los mejores escenarios y/o mecanismos para dialogar y trabajar en función de los desafíos que tiene delante de sí la Iglesia del Nazareno?

Perfil del autor
Wilfredo Canales, peruano, es presbítero de la Iglesia del Nazareno. Actualmente, es el Coordinador del Programa Hispano de Maestría en Ministerio en Olivet Nazarene University donde, al mismo tiempo, es profesor asociado en el College of Arts and Sciences. Además, es Presidente del Centro de Estudios Pastorales, CEP, de la Iglesia del Nazareno, en Chicago, un proyecto de educación ministerial que sirve a la región Norcentral de EEUU. También, funge como Editor de la Revista "Reflexiones Ministeriales." Previamente, sirvió en el ministerio pastoral, la superintendencia de distrito, las comunicaciones y la educación teológica en América Latina, como misionero de la Iglesia del Nazareno. Ha publicado artículos en importantes revistas teológicas y pastorales de Latinoamérica y ha participado como expositor en consultas y congresos evangélicos del continente. Él y su esposa Ada, tiene dos hijos, Marcos (pastor nazareno en Los Ángeles, CA) y Esteban (estudiante en Olivet). Reside en Bourbonnais, IL.