The Center for Faith & Culture—Olivet Nazarene University

Pulso Hispano

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Bresee y el Ministerio Multicultural: Una Reflexión Hispana

 

Mi identidad étnica, mi cultura, mis idiomas natal y segundo (español/inglés), así como el lugar en donde nací y fui criado y donde inicialmente ministré como pastor nazareno (Puerto Rico, Estado Libre Asociado de Estados Unidos), me llevan a apreciar lo que los biógrafos de Phineas F. Bresee (1838-1915) y otros han llamado “su compromiso con el ministerio multicultural”. Casi la mitad de mis 53 años de ministerio los he vivido en la Región USA/Canadá, lo cual refuerza mi aprecio por el elemento multicultural en el ministerio de Bresee.

En uno de los primeros informes de Bresee como superintendente general de la naciente Iglesia del Nazareno, dijo: “También se ha establecido una misión hispana en esta ciudad… la cual es un campo fiel y prometedor”.1 Se estaba refiriendo a lo que Roberto Hodgson,

en su propia evaluación histórica de esa misión, llama “la Primera Iglesia del Nazareno Mexicana” de Los Ángeles, organizada en 1906.2 Como dato interesante, se menciona que Bresee asignó como su “superintendenta” a una dama angloamericana de nombre Maye McReynolds, miembro de la Primera Iglesia del Nazareno de Los Angeles.3  Antes de 1906, había renunciado a su empleo en la Santa Fe Railroad Company a fin de “proclamar las buenas nuevas entre los mexicanos” de la ciudad.4 Pero sospecho que el patrocinio tan entusiasta de la “misión hispana” de Los Ángeles por parte de Bresee quizá no le resultó tan fácil. Estaba entrando en territorio ministerial culturalmente desconocido.

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PRISIONEROS DE LA ESPERANZA [Prisoners of Hope]

 

Hace unos días, me reencontré con un pasaje que, a la luz de la realidad contemporánea, adquirió una importancia especial. Se trata una palabra que, por medio del profeta Zacarías, el Señor pronunció para el pueblo del pacto, en medio de circunstancias difíciles y agobiantes. “Volveos a la fortaleza, prisioneros de la esperanza, hoy también os anuncio que os dará doble recompensa.” (1) Para un pueblo que, no obstante saber que ha sido llamado a cumplir un rol importante en el avance del proyecto restaurador de Dios para con la humanidad, pero está lidiando con innumerables situaciones adversas presentes que ponen en peligro aparente su propia existencia, escuchar que es llamado prisioneros de la esperanza tiene un profundo significado.  Para el pueblo de Dios, no hay otra manera de proyectarse con decisión y confianza, en medio de un terreno escabroso, que asumirse y caminar como prisioneros de la esperanza.

            Mirando un poco retrospectivamente, vale la pena hacer mención que, no hace mucho, cuando se trataba de identificar el rasgo predominante del siglo pasado, analistas como Rollo May, señalaban que la angustia era la característica predominante del siglo XX. (2) En el escenario de este primer tramo del siglo XXI, no hay que hurgar mucho para deducir que el rasgo prevaleciente en nuestra época es la desesperanza. Algunos pretenderán cuestionar esta caracterización, esgrimiendo indicadores, mayormente en el área económica y tecnológica, que evidenciarían un ambiente pletórico de esperanza pero, lo que en realidad nos describen es un clima de optimismo y no de esperanza.

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Adviento: El Señor de la esperanza

 Una vez más, estamos aproximándonos a la celebración más conocida del calendario cristiano: el nacimiento de nuestro Señor Jesús. Esta celebración, sin lugar a dudas, constituye la oportunidad para reflexionar en el mensaje que nos transmite el evento que recordamos.

Por cierto, hay diversos pasajes de la Escritura que pueden servirnos de base para meditar en este evento tan especial. En el Antiguo Testamento, el profeta Isaías, nos provee singulares pasajes en los que se anticipa, no sólo el evento, sino el propósito de este milagro de Dios, expresado en la llegada a nuestro mundo de su único y eterno Hijo.

El profeta Isaías, nos pinta vívidamente un cuadro expectante respecto al advenimiento del Señor. Expectación que debemos recobrar en una fecha como la que nos aprestamos a celebrar pero, más aún, en un contexto de tanta incertidumbre y crisis como el que sirve de marco a la vida de hombres y mujeres en la presente era.

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Altares que alejan de Dios: El altar de la espectacularidad religiosa

La sola mención de la palabra altar evoca un acto de consagración o compromiso que se hace en un marco de solemnidad.  En el Israel del Antiguo Testamento, el altar desempeñaba un rol fundamental.  Era el lugar de encuentro redentor entre el pueblo escogido y Dios.  Constituía el punto culminante en sus celebraciones litúrgicas.  El altar llegó a ser el símbolo por excelencia para mostrar o evidenciar que la relación o comunión de la persona o pueblo de Dios con su creador y Señor, era total y sin interferencias.

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“Id y haced discípulos…”

El hacer discípulos como imperativo de la misión

En la Gran Comisión [1], la afirmación de la autoridad universal del Señor Jesucristo precede a la definición de la misión de la iglesia representada por los que lo rodeaban en ese momento. Sobre la base de aquel pasaje, es claro que el señorío universal de Jesucristo es la base de la misión global de la iglesia.

Esa misión se resume en el mandamiento: “hagan discípulos”. Curiosamente, para expresar esta idea, el Evangelio según Mateo  usa el verbo matheteúsate, que  en el Nuevo Testamento sólo aparece cuatro veces, tres de éstas en este Evangelio [2] y una sola vez en Hechos de los Apóstoles [3]. En contraste con el verbo matheteuein (“discipular”), el sustantivo mathetes (“discípulo”) es común en los Evangelios y en Hechos, aunque no se encuentra en ningún otro libro del Nuevo Testamento. Tal expresión es característica de los Evangelios para referirse a los seguidores de Jesucristo: aparece setenta y tres veces en Mateo, cuarenta y seis en Marcos y treinta y siete en Lucas.
Para entender debidamente el sentido del mandamiento es indispensable dar atención a un detalle gramatical que no siempre se toma en cuenta: en el texto  griego de nuestro pasaje,  matheteúsate es el único verbo en modo imperativo. Las otras tres formas verbales ligadas a este verbo (“vayan”, “bautizándoles y “enseñándoles”) están en el texto griego en forma de gerundio y su función es calificar lo que expresa el verbo principal en modo imperativo: “hagan discípulos”. La frase, por lo tanto, podría traducirse: “Pónganse en marcha: hagan discípulos”. Los otros dos gerundios responden a la pregunta: ¿cómo se hacen discípulos? La respuesta es: “bautizándolos y “enseñándoles”.
En conclusión, el foco de la Gran Comisión no es otro que el mandamiento de hacer discípulos de Jesucristo.  Esta es la misión  que Cristo legó a su iglesia, la tarea central de la iglesia hasta el fin del mundo. La conexión entre esa tarea y el señorío universal de Jesucristo la establece una expresión que aparece al comienzo del versículo 19: “Por tanto”. En otras palabras, porque Jesucristo es el Señor de toda la creación y de todos los aspectos de la vida humana, la iglesia recibe el mandamiento de hacer discípulos, o sea, formar personas que reconozcan ese señorío y vivan a la luz de ese reconocimiento. Jesucristo es el Señor de todos: por tanto, todos deben reconocerlo como tal y demostrar tal reconocimiento en su vida práctica.
Si tomamos en cuenta que, durante su ministerio terrenal, Jesucristo dedicó mucho de su tiempo a la formación de sus discípulos, es evidente que la misión que él confió a sus discípulos poco antes de su ascensión fue la misión de continuar lo que él mismo había hecho. La misión de la iglesia, representada por el cuerpo apostólico, es la de prolongar la misión de Jesucristo, y esta prolongación se basa en un discipulado misionero comprometido para continuarla hasta el fin del mundo.
La esfera de acción para este trabajo de hacer discípulos abarca a todas las naciones. Puesto que la autoridad de Jesucristo está presente “en el cielo y en la tierra”, la misión que él delega a sus discípulos es igualmente global: se extiende a todas las naciones.

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La homosexualidad: Algunas consideraciones exegéticas, hermenéuticas, pastorales y eclesiales



Hoy en día, para muchos cristianas y cristianos evangélicos, el tema de la homosexualidad [1] es el más espinoso y angustioso de todos.  Como evangélicos, herederos de la Reforma protestante, respetamos con toda seriedad el testimonio de las Sagradas Escrituras como nuestra norma de fe y conducta. Por otro lado, nos encontramos muy desafiados por la revolución sexual de nuestro tiempo y específicamente por los debates actuales sobre la homosexualidad.  Somos sensibles — o debemos serlo — al valor humano y la situación delicada de este sector poblacional de nuestra sociedad actual. Algunos tenemos parientes o cercanos amigos y amigas que son homosexuales, y sufrimos con ellos su difícil situación.

Dada la importancia central del problema bíblico, comenzaré con ese aspecto. Intentaré analizar las evidencias bíblicas, primero, desde una perspectiva exegética y, después, desde la perspectiva hermenéutica, para terminar con unas observaciones eclesiales. Por “exegética” voy a entender, para efectos de este ensayo, el esfuerzo de aclarar el texto lo mejor posible en su contexto original de hace muchos siglos. En lenguaje evangélico, significa escuchar atentamente “lo que Dios dijo” a su pueblo en aquel entonces. Para esto, es esencial la exégesis histórico-gramatical.  Por “hermenéutica” vamos a entender la relectura fiel de ese mismo mensaje ahora para nuestro contexto actual. Significa “escuchar lo que Dios está diciendo”, aquí y ahora  en el mismo texto. [2]

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