A Ministry of the School of Theology and Christian Ministry—Olivet Nazarene University

Pulso Hispano

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Los desafíos en el Nuevo Año

En la Biblia encontramos relatos que nos ubican en momentos decisivos en el peregrinaje del pueblo de Dios. Momentos en los que un gesto, una frase o una acción determinada, marcaron un antes y un después en la vida de una comunidad de fe que marchaba decidida en el cumplimiento del propósito de Dios. El relato que encontramos en Josué 14, es uno de ellos y se ubica en un contexto muy particular. Para el tiempo en que se da el diálogo registrado, hacía ya cuarenta y cinco años que Moisés había seleccionado a un grupo representativo de las tribus de Israel para que hicieran un reconocimiento de la tierra prometida (1). Caleb, como miembro de ese grupo de espías comisionado por Moisés, fue parte de la minoría que creyó que podían ingresar a aquella tierra (prometida, además, por Dios) y conquistarla, pero sus votos no fueron suficientes. El pueblo se desanimó por la versión que trajeron los otros espías. (2)

Ahora, cuarenta y cinco años después, Moisés había sido remplazado por Josué, uno de los que informó favorablemente sobre la conquista. Un día, Caleb llegó ante Josué y le dijo:     «¡Dame, pues, ahora este monte, del cual habló Jehová aquel día. Tú mismo oíste entonces que los anaceos están allí, y que hay ciudades grandes y fortificadas. Si Jehová está conmigo, los expulsaré, como Jehová ha dicho.»  (3)

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Altar y altares: definiendo el compromiso cristiano

La palabra altar evoca, de manera general, un lugar que sirve de escenario para un encuentro particular con el propósito de hacer una decisión crucial. El diccionario nos dice que la palabra altar se refiere a un "monumento dispuesto para inmolar la víctima y ofrecer el sacrificio".  Como puede notarse, la connotación que se deriva de esa definición, está asociada con el  culto o adoración religiosa y, en lo que concierne a los cristianos, pareciera que se da por sentado que, con la palabra altar, siempre hacemos referencia al culto que se ofrece a Dios.

Si hacemos una somera exploración a la mención explícita de esta palabra en las páginas de la Escritura, encontraremos que, de manera reiterada, la asociación que vincula altar con el culto a Dios es enfática. Desde el primer libro de la Biblia se registra que, al salir del arca en obediencia al mandato de Dios, lo primero que hizo Noé fue edificar un altar y, sobre él, ofrecer holocausto de animales limpios a Dios. (1) Más tarde, en un momento significativo para el pueblo del pacto, después de haber salido de la esclavitud, el Señor ordena a Moisés: “Me harás un altar de tierra, y sacrificarás sobre él tus holocaustos y tus ofrendas de paz, tus ovejas y tus vacas. En todo lugar donde yo haga que se recuerde mi nombre, vendré a ti y te bendeciré.” (2) Cómo pasar por alto, aquella emocionante experiencia de reencuentro que significó el retorno del exilio babilónico. Los hijos de Israel, una vez establecidos en sus respectivas ciudades, se congregaron en Jerusalén, “Entonces se levantaron Jesúa hijo de Josadac, con sus hermanos los sacerdotes, y Zorobabel hijo de Salatiel, con sus hermanos, y edificaron el altar del Dios de Israel, para ofrecer sobre él holocaustos, como está escrito en la ley de Moisés, varón de Dios.” (3) La alabanza y el testimonio, que constituyen partes fundamentales de la adoración, tal como se describe en el libro de los salmos, tienen como escenario indiscutible el altar. (4) En el Nuevo Testamento, la figura del altar irrumpe, además, como lugar de manifestación especial de Dios. Mientras Zacarías, el sacerdote, ministraba, un ángel del Señor se le apareció “a la derecha del altar del incienso” y le dio la buena noticia del nacimiento de su hijo Juan. (5) Apocalipsis, cierra con una revelación de la portentosa presencia de Dios, quien muestra el ejercicio de su señorío por siempre. En ese contexto, el altar aparece asociado a esa presencia indescriptible de nuestro Dios. (6)

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EL DISCIPULADO CRISTIANO

En la vida de Jesús es obvio que el “hacer discípulos” fue el centro del centro. Me atrevería a decir que no hubo aspecto de su ministerio tan importante como el discipulado. Claro, El vino a morir por nuestros pecados y resucitar de los muertos para nuestra justificación; pero todo eso lo hizo en un fin de semana, en cuanto al tiempo se refiere. También Él enseñaba, se entrevistaba con personas como Nicodemo y la samaritana, se metió en tamaños pleitos y polémicas. Pero en cuanto al tiempo que les dedicó, y en cuanto a su importancia crucial como estrategia misionera, el hacer discípulos recibió el lugar privilegiado en el ministerio de Cristo. Él siempre tuvo tiempo para ellos, y a veces se retiraba “aparte” con ellos para darles su atención completa. Los formó a su imagen y semejanza y los preparó para dejar la obra en sus manos. Hacer eso fue el meollo de su ministerio. Y creo firmemente que también hoy en la labor nuestra, en la proyección de la misión de la iglesia, el hacer discípulos demanda esa prioridad.

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LIDERAZGO PARA TIEMPOS DESAFIANTES

Introducción

Una y otra vez, nuestra reflexión sobre el liderazgo se torna necesaria en el contexto del ministerio cristiano. Y esta reflexión se obliga, precisamente, por la abrumadora cantidad de propuestas a las que se ve confrontado el ministro, en una época marcada por el símbolo de la búsqueda en todas las direcciones del quehacer humano. En este afán de búsqueda, se van gestando muchos desafíos que reclaman del pueblo de Dios y sus ministros, definiciones precisas respecto de su naturaleza y misión.

En el presente trabajo, definiremos el perfil de los «tiempos desafiantes», primero, para luego plantear lo que consideramos el «liderazgo» que necesitamos forjar para enfrentar el desafío que tenemos por delante, desde la perspectiva de las demandas del reino de Dios.

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Empezar bien: La dedicación de infantes

Para despejar cualquier duda, debo reconocer que fui bautizado por inmersión, siendo muy joven, sobre la base de una confesión de fe, que expresaba mi aceptación de la gracia salvadora de Dios en Cristo y mmi firme propósito de seguirle. Fui bautizado en el mismo santuario donde actualmente adoro. Sin embargo, entre aquel tiempo y el presente, viviendo en diferentes lugares lejos de aquí,  mi peregrinaje espiritual continúa regresando a mi bautismo y lo que significa para mí.

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Una breve defensa del bautismo de infantes

 

Para que no quepa ninguna duda, debo decir que Debi y yo bautizamos a nuestros tres hijos cuando eran niños.  Lukas, Ryan y Daniel fueron bautizados por su abuelo, un presbítero nazareno.  Recuerdo claramente cada ocasión y la motivación para lo que, en aquella época, fue  una práctica relativamente poco frecuente. Deseábamos que nuestros niños, como niños, recibieran la señal del pacto de la aceptación de Dios para ellos.  Siempre hemos esperado que nuestros niños tuvieran testimonios aburridos - esto significa que, nunca deseamos que ellos tuvieran un testimonio dramático de ser salvados de la profundidad del pecado. Nuestra intención fue criar a nuestros hijos en la fe, de manera que ellos nunca recordaran un tiempo cuando no hubieran estado dentro de ella. Por último, queríamos que ellos supieran que Dios les había dado la bienvenida a su reino aún antes de que ellos pudieran recordar, y el bautismo fue la señal de esa aceptación.

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SER IGLESIA PARA LOS DEMÁS: Hacia una espiritualidad comprometida

Harold Segura

Ediciones Kairós,  ISBN 978-987-1355-32-7, 168 pp., 2ª. Edición Actualizada.

 

El autor del presente libro, Harold Segura, es un teólogo, pastor y administrador de empresas profesional colombiano que, actualmente, reside en San José, Costa Rica, donde se desempeña como coordinador de Compromiso Cristiano de Visión Mundial para América Latina y el Caribe. Además, es miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL) y de la Comisión Teológica Latinoamericana coordinada por el Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI).

Después de una primera edición, agotada totalmente, el autor nos ofrece esta versión actualizada de su enfoque sobre la espiritualidad cristiana, en un contexto como el de la sociedad contemporánea que desafía al pueblo de Dios a expresar sus convicciones de fe de manera radical. Por lo mismo, esta obra se constituye en un contundente llamado a encarnar una «espiritualidad del compromiso», que no es otra cosa que: dejar de mirarnos solo a nosotros mismos, romper con el cascarón de nuestra piedad intimista, abandonar la comodidad de las estructuras eclesiales y abrirnos al mundo para servirlo en el nombre de Cristo.

Sin lugar a dudas, una obra desafiante para todos aquellos que, en un tiempo como éste, están buscando la dirección del Señor en la forjación de una vida de discipulado consistente con el llamado de Jesucristo, el Señor de la iglesia.