A Ministry of the School of Theology and Christian Ministry—Olivet Nazarene University

Pulso Hispano


 

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“Id y haced discípulos…”

El hacer discípulos como imperativo de la misión

En la Gran Comisión [1], la afirmación de la autoridad universal del Señor Jesucristo precede a la definición de la misión de la iglesia representada por los que lo rodeaban en ese momento. Sobre la base de aquel pasaje, es claro que el señorío universal de Jesucristo es la base de la misión global de la iglesia.

Esa misión se resume en el mandamiento: “hagan discípulos”. Curiosamente, para expresar esta idea, el Evangelio según Mateo  usa el verbo matheteúsate, que  en el Nuevo Testamento sólo aparece cuatro veces, tres de éstas en este Evangelio [2] y una sola vez en Hechos de los Apóstoles [3]. En contraste con el verbo matheteuein (“discipular”), el sustantivo mathetes (“discípulo”) es común en los Evangelios y en Hechos, aunque no se encuentra en ningún otro libro del Nuevo Testamento. Tal expresión es característica de los Evangelios para referirse a los seguidores de Jesucristo: aparece setenta y tres veces en Mateo, cuarenta y seis en Marcos y treinta y siete en Lucas.
Para entender debidamente el sentido del mandamiento es indispensable dar atención a un detalle gramatical que no siempre se toma en cuenta: en el texto  griego de nuestro pasaje,  matheteúsate es el único verbo en modo imperativo. Las otras tres formas verbales ligadas a este verbo (“vayan”, “bautizándoles y “enseñándoles”) están en el texto griego en forma de gerundio y su función es calificar lo que expresa el verbo principal en modo imperativo: “hagan discípulos”. La frase, por lo tanto, podría traducirse: “Pónganse en marcha: hagan discípulos”. Los otros dos gerundios responden a la pregunta: ¿cómo se hacen discípulos? La respuesta es: “bautizándolos y “enseñándoles”.
En conclusión, el foco de la Gran Comisión no es otro que el mandamiento de hacer discípulos de Jesucristo.  Esta es la misión  que Cristo legó a su iglesia, la tarea central de la iglesia hasta el fin del mundo. La conexión entre esa tarea y el señorío universal de Jesucristo la establece una expresión que aparece al comienzo del versículo 19: “Por tanto”. En otras palabras, porque Jesucristo es el Señor de toda la creación y de todos los aspectos de la vida humana, la iglesia recibe el mandamiento de hacer discípulos, o sea, formar personas que reconozcan ese señorío y vivan a la luz de ese reconocimiento. Jesucristo es el Señor de todos: por tanto, todos deben reconocerlo como tal y demostrar tal reconocimiento en su vida práctica.
Si tomamos en cuenta que, durante su ministerio terrenal, Jesucristo dedicó mucho de su tiempo a la formación de sus discípulos, es evidente que la misión que él confió a sus discípulos poco antes de su ascensión fue la misión de continuar lo que él mismo había hecho. La misión de la iglesia, representada por el cuerpo apostólico, es la de prolongar la misión de Jesucristo, y esta prolongación se basa en un discipulado misionero comprometido para continuarla hasta el fin del mundo.
La esfera de acción para este trabajo de hacer discípulos abarca a todas las naciones. Puesto que la autoridad de Jesucristo está presente “en el cielo y en la tierra”, la misión que él delega a sus discípulos es igualmente global: se extiende a todas las naciones.

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La homosexualidad: Algunas consideraciones exegéticas, hermenéuticas, pastorales y eclesiales



Hoy en día, para muchos cristianas y cristianos evangélicos, el tema de la homosexualidad [1] es el más espinoso y angustioso de todos.  Como evangélicos, herederos de la Reforma protestante, respetamos con toda seriedad el testimonio de las Sagradas Escrituras como nuestra norma de fe y conducta. Por otro lado, nos encontramos muy desafiados por la revolución sexual de nuestro tiempo y específicamente por los debates actuales sobre la homosexualidad.  Somos sensibles — o debemos serlo — al valor humano y la situación delicada de este sector poblacional de nuestra sociedad actual. Algunos tenemos parientes o cercanos amigos y amigas que son homosexuales, y sufrimos con ellos su difícil situación.

Dada la importancia central del problema bíblico, comenzaré con ese aspecto. Intentaré analizar las evidencias bíblicas, primero, desde una perspectiva exegética y, después, desde la perspectiva hermenéutica, para terminar con unas observaciones eclesiales. Por “exegética” voy a entender, para efectos de este ensayo, el esfuerzo de aclarar el texto lo mejor posible en su contexto original de hace muchos siglos. En lenguaje evangélico, significa escuchar atentamente “lo que Dios dijo” a su pueblo en aquel entonces. Para esto, es esencial la exégesis histórico-gramatical.  Por “hermenéutica” vamos a entender la relectura fiel de ese mismo mensaje ahora para nuestro contexto actual. Significa “escuchar lo que Dios está diciendo”, aquí y ahora  en el mismo texto. [2]

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La adoración en la iglesia hispana contemporánea

Entre las muchas metáforas que se han usado para graficar la realidad de la iglesia, está la del cuerpo.  El apóstol Pablo usó esta figura para explicar la naturaleza de la iglesia, cuando les escribió a varias de las congregaciones de su tiempo (1).  El cuerpo, como todo organismo vivo, requiere ser examinado con periodicidad para evaluar su estado de salud.  Para ello, es muy importante definir cuáles son los signos vitales que han de permitir un diagnóstico adecuado de la salud del organismo bajo estudio.

En lo que atañe a la iglesia, hay varios signos vitales que haríamos bien en revisar periódicamente para auscultar su estado de salud: la comunión, la evangelización, el discipulado, el servicio, la adoración, entre otros.  En esta ocasión, por razones de espacio, nos proponemos explorar uno de estos signos vitales: la adoración. Una precisión más: somos conscientes de que, desde una perspectiva bíblica, la adoración como signo vital en la vida del pueblo de Dios, tiene una doble dimensión: la dimensión cúltica (que normalmente denominamos culto) y la dimensión testimonial o encarnacional (que se expresa en un estilo de vida) (2). Ambas dimensiones, de acuerdo al testimonio bíblico, deberían influenciarse mutuamente y forjarse en una relación de consistencia porque cuando se produce un divorcia entre ellas, la adoración deviene en un obstáculo para la salud de la iglesia y en un distractor de la misión que ésta tiene en el mundo. Dejamos para otra oportunidad, la dimensión encarnacional de la adoración de la iglesia, enfocando nuestra reflexión, esta vez, en la adoración cúltica o culto.

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El día de la Reforma Protestante y el sacerdocio de todos los creyentes

Para muchos de los estudiosos de la Reforma Protestante del siglo XVI, los énfasis centrales de este movimiento fueron cinco: Cristo solo (solus Christus), la Escritura sola (sola Scriptura), la gracia sola (sola gratia), la fe sola (sola fide) y la gloria de Dios sola (soli Deo Gloria). Sin embargo, hay buena base para afirmar que, además de estos énfasis fundamentales, los reformadores también dieron un lugar prominente a una doctrina que (por razones que daremos más adelante) podría ser considerada la Cenicienta tanto de la Reforma clásica como del movimiento evangélico en el momento actual. Nos referimos a la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes, también denominado sacerdocio universal o común.

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¿Es bíblico tener apóstoles hoy?

Para enfocar este tema, es necesario primero analizar los diferentes usos de la palabra griega apostolos. El término se deriva del verbo apostellô, que significa simplemente "enviar". Por eso, 1) el sentido más general de apostolos(1), es cualquier persona enviada en cualquier misión (recadero, mandadero). 2) Un aspecto más específico de este sentido  ocurre en 2 Co 8:23 y Flp 2:25, cuando mencionan "los mensajeros de las iglesias" (apostoloi ekkêsiôn), como delegados comisionados por las congregaciones para alguna tarea. 3) En tercer lugar, la palabra significa "misionero", que es el equivalente en latín (del verbo mitto, misi, "enviar"). En este sentido, Jesucristo es el "misionero" enviado por Dios (2). Como veremos más adelante, Cristo no era "apóstol" en el mismo sentido que los doce, sino como "enviado" y "misionero" del Padre y prototipo de la misión de la iglesia. (3) 4) El cuarto sentido, es lo que generalmente entendemos por "los apóstoles", como Pedro, Pablo y los demás. En ese aspecto, el término podría llamarse un título, de una primacía en cierto sentido jerárquica.

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