A Ministry of the School of Theology and Christian Ministry—Olivet Nazarene University

Pulso Hispano

 

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Adviento: El Señor de la esperanza

 

Una vez más, estamos aproximándonos a la celebración más conocida del calendario cristiano: el nacimiento de nuestro Señor Jesús. Esta celebración, sin lugar a dudas, constituye la oportunidad para reflexionar en el mensaje que nos transmite el evento que recordamos.

Por cierto, hay diversos pasajes de la Escritura que pueden servirnos de base para meditar en este evento tan especial. En el Antiguo Testamento, el profeta Isaías, nos provee singulares pasajes en los que se anticipa, no sólo el evento, sino el propósito de este milagro de Dios, expresado en la llegada a nuestro mundo de su único y eterno Hijo.

El profeta Isaías, nos pinta vívidamente un cuadro expectante respecto al advenimiento del Señor. Expectación que debemos recobrar en una fecha como la que nos aprestamos a celebrar pero, más aún, en un contexto de tanta incertidumbre y crisis como el que sirve de marco a la vida de hombres y mujeres en la presente era.

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Altares que alejan de Dios: El altar de la espectacularidad religiosa

La sola mención de la palabra altar evoca un acto de consagración o compromiso que se hace en un marco de solemnidad.  En el Israel del Antiguo Testamento, el altar desempeñaba un rol fundamental.  Era el lugar de encuentro redentor entre el pueblo escogido y Dios.  Constituía el punto culminante en sus celebraciones litúrgicas.  El altar llegó a ser el símbolo por excelencia para mostrar o evidenciar que la relación o comunión de la persona o pueblo de Dios con su creador y Señor, era total y sin interferencias.

Pero, aún más atrás en su historia, cuando Israel salió de la esclavitud en Egipto, recibió indicaciones expresas de que, al llegar a la tierra prometida, deberían destruir "enteramente"  todos los altares donde, los pueblos que habitaban esos lugares, habían ofrecido sacrificios a sus falsos dioses. [1]  Es más, se le dijo al pueblo de Dios: "Y al lugar que Jehová, vuestro Dios, escoja para poner en él su nombre, allí llevaréis todas las cosas que yo os mando: vuestros holocaustos, vuestros sacrificios, vuestros diezmos, las ofrendas reservadas de vuestras manos, y todo lo escogido de los votos que hayáis prometido a Jehová." [2]   A simple vista, parecía que todo estaba muy claro. Pero, a medida que el tiempo transcurrió, el pueblo de Dios fue olvidando el propósito de una serie de  ordenanzas que había recibido, y sólo se preocupaba por el cumplimiento formal o ritual de ellas, sin importarles las dimensiones éticas, morales y espirituales de estas ordenanzas.

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“Id y haced discípulos…”

El hacer discípulos como imperativo de la misión

En la Gran Comisión [1], la afirmación de la autoridad universal del Señor Jesucristo precede a la definición de la misión de la iglesia representada por los que lo rodeaban en ese momento. Sobre la base de aquel pasaje, es claro que el señorío universal de Jesucristo es la base de la misión global de la iglesia.

Esa misión se resume en el mandamiento: “hagan discípulos”. Curiosamente, para expresar esta idea, el Evangelio según Mateo  usa el verbo matheteúsate, que  en el Nuevo Testamento sólo aparece cuatro veces, tres de éstas en este Evangelio [2] y una sola vez en Hechos de los Apóstoles [3]. En contraste con el verbo matheteuein (“discipular”), el sustantivo mathetes (“discípulo”) es común en los Evangelios y en Hechos, aunque no se encuentra en ningún otro libro del Nuevo Testamento. Tal expresión es característica de los Evangelios para referirse a los seguidores de Jesucristo: aparece setenta y tres veces en Mateo, cuarenta y seis en Marcos y treinta y siete en Lucas.
Para entender debidamente el sentido del mandamiento es indispensable dar atención a un detalle gramatical que no siempre se toma en cuenta: en el texto  griego de nuestro pasaje,  matheteúsate es el único verbo en modo imperativo. Las otras tres formas verbales ligadas a este verbo (“vayan”, “bautizándoles y “enseñándoles”) están en el texto griego en forma de gerundio y su función es calificar lo que expresa el verbo principal en modo imperativo: “hagan discípulos”. La frase, por lo tanto, podría traducirse: “Pónganse en marcha: hagan discípulos”. Los otros dos gerundios responden a la pregunta: ¿cómo se hacen discípulos? La respuesta es: “bautizándolos y “enseñándoles”.
En conclusión, el foco de la Gran Comisión no es otro que el mandamiento de hacer discípulos de Jesucristo.  Esta es la misión  que Cristo legó a su iglesia, la tarea central de la iglesia hasta el fin del mundo. La conexión entre esa tarea y el señorío universal de Jesucristo la establece una expresión que aparece al comienzo del versículo 19: “Por tanto”. En otras palabras, porque Jesucristo es el Señor de toda la creación y de todos los aspectos de la vida humana, la iglesia recibe el mandamiento de hacer discípulos, o sea, formar personas que reconozcan ese señorío y vivan a la luz de ese reconocimiento. Jesucristo es el Señor de todos: por tanto, todos deben reconocerlo como tal y demostrar tal reconocimiento en su vida práctica.
Si tomamos en cuenta que, durante su ministerio terrenal, Jesucristo dedicó mucho de su tiempo a la formación de sus discípulos, es evidente que la misión que él confió a sus discípulos poco antes de su ascensión fue la misión de continuar lo que él mismo había hecho. La misión de la iglesia, representada por el cuerpo apostólico, es la de prolongar la misión de Jesucristo, y esta prolongación se basa en un discipulado misionero comprometido para continuarla hasta el fin del mundo.
La esfera de acción para este trabajo de hacer discípulos abarca a todas las naciones. Puesto que la autoridad de Jesucristo está presente “en el cielo y en la tierra”, la misión que él delega a sus discípulos es igualmente global: se extiende a todas las naciones.

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La homosexualidad: Algunas consideraciones exegéticas, hermenéuticas, pastorales y eclesiales



Hoy en día, para muchos cristianas y cristianos evangélicos, el tema de la homosexualidad [1] es el más espinoso y angustioso de todos.  Como evangélicos, herederos de la Reforma protestante, respetamos con toda seriedad el testimonio de las Sagradas Escrituras como nuestra norma de fe y conducta. Por otro lado, nos encontramos muy desafiados por la revolución sexual de nuestro tiempo y específicamente por los debates actuales sobre la homosexualidad.  Somos sensibles — o debemos serlo — al valor humano y la situación delicada de este sector poblacional de nuestra sociedad actual. Algunos tenemos parientes o cercanos amigos y amigas que son homosexuales, y sufrimos con ellos su difícil situación.

Dada la importancia central del problema bíblico, comenzaré con ese aspecto. Intentaré analizar las evidencias bíblicas, primero, desde una perspectiva exegética y, después, desde la perspectiva hermenéutica, para terminar con unas observaciones eclesiales. Por “exegética” voy a entender, para efectos de este ensayo, el esfuerzo de aclarar el texto lo mejor posible en su contexto original de hace muchos siglos. En lenguaje evangélico, significa escuchar atentamente “lo que Dios dijo” a su pueblo en aquel entonces. Para esto, es esencial la exégesis histórico-gramatical.  Por “hermenéutica” vamos a entender la relectura fiel de ese mismo mensaje ahora para nuestro contexto actual. Significa “escuchar lo que Dios está diciendo”, aquí y ahora  en el mismo texto. [2]

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La adoración en la iglesia hispana contemporánea

Entre las muchas metáforas que se han usado para graficar la realidad de la iglesia, está la del cuerpo.  El apóstol Pablo usó esta figura para explicar la naturaleza de la iglesia, cuando les escribió a varias de las congregaciones de su tiempo (1).  El cuerpo, como todo organismo vivo, requiere ser examinado con periodicidad para evaluar su estado de salud.  Para ello, es muy importante definir cuáles son los signos vitales que han de permitir un diagnóstico adecuado de la salud del organismo bajo estudio.

En lo que atañe a la iglesia, hay varios signos vitales que haríamos bien en revisar periódicamente para auscultar su estado de salud: la comunión, la evangelización, el discipulado, el servicio, la adoración, entre otros.  En esta ocasión, por razones de espacio, nos proponemos explorar uno de estos signos vitales: la adoración. Una precisión más: somos conscientes de que, desde una perspectiva bíblica, la adoración como signo vital en la vida del pueblo de Dios, tiene una doble dimensión: la dimensión cúltica (que normalmente denominamos culto) y la dimensión testimonial o encarnacional (que se expresa en un estilo de vida) (2). Ambas dimensiones, de acuerdo al testimonio bíblico, deberían influenciarse mutuamente y forjarse en una relación de consistencia porque cuando se produce un divorcia entre ellas, la adoración deviene en un obstáculo para la salud de la iglesia y en un distractor de la misión que ésta tiene en el mundo. Dejamos para otra oportunidad, la dimensión encarnacional de la adoración de la iglesia, enfocando nuestra reflexión, esta vez, en la adoración cúltica o culto.

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El día de la Reforma Protestante y el sacerdocio de todos los creyentes

Para muchos de los estudiosos de la Reforma Protestante del siglo XVI, los énfasis centrales de este movimiento fueron cinco: Cristo solo (solus Christus), la Escritura sola (sola Scriptura), la gracia sola (sola gratia), la fe sola (sola fide) y la gloria de Dios sola (soli Deo Gloria). Sin embargo, hay buena base para afirmar que, además de estos énfasis fundamentales, los reformadores también dieron un lugar prominente a una doctrina que (por razones que daremos más adelante) podría ser considerada la Cenicienta tanto de la Reforma clásica como del movimiento evangélico en el momento actual. Nos referimos a la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes, también denominado sacerdocio universal o común.

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