A Ministry of the School of Theology and Christian Ministry—Olivet Nazarene University
Pulso Hispano
La iglesia ministrando en medio de la encrucijada cultural
4/30/09

RELACIONES INTERCULTURALES A LA LUZ DE LA BIBLIA

 

"Somos uno en Cristo, somos uno; somos uno, uno solo", palabras de una alabanza que cantamos en las iglesias evangélicas.  Nos saludamos, especialmente si no hemos aprendido el nombre de alguien, como «hermano» o «hermana».  Queremos enfatizar la unidad del cuerpo de Cristo aun cuando, a veces, no volvamos a relacionarnos hasta la próxima reunión en la iglesia.  De todos modos, queremos sentir que todos somos iguales ante Cristo, que las diferencias sociales o culturales no existen o no importan.  Claro, todos tenemos que relacionarnos con gente que no tiene nuestro mismo sentir, ni nos trata como a iguales.  De lo contrario, si pertenecemos a otro grupo socio-cultural, frequente­mente nos presionan o evaden o en el mejor de los casos, nos tratan como a «diferentes». 


Hay quienes imaginan que la existencia de la diversidad humana es resultado de la caída.  El pecado es la razón por la que hablamos diferentes idiomas, la rebelión de la humanidad es la razón por la cual tenemos costumbres y maneras diferentes de pensar.  "Si no fuera por Adán y Eva" todos seríamos iguales.  ¡Qué aburrido, insípido y monótono sería el mundo si no hubiese la diversidad cultural!  Nunca, deberíamos pensar así de Dios, ni de su creación.  La Biblia nos revela a un Dios tan maravilloso y de tan variado gusto que crea un universo utilizando todos los colores, sabores, sentidos, sonidos y toda la gama de posibilidades humanas.  En nuestro acercamiento al texto sagrado, descubrire­mos que a Dios, el diseñador, le place la diversidad cultural humana.

Una Sola Raza Caída

En el relato de la creación se establece la unidad de la raza humana.  El autor de Génesis afirma que Dios creó una sola humanidad como obra original de Dios, y en ella imprime su propia "imagen" (Gn. 1: 27).  Esta imagen divina, compartida igualmente por el hombre y la mujer, es un hecho que no tiene igual en todo lo demás que Dios creó.  ¡Somos obra original! 

Génesis no solo establece la unicidad de la raza humana en cuanto a sus orígenes, también fundamenta la condición pecaminosa del ser humano como un todo.  El Apóstol Pablo argumenta, con base en el relato de Génesis 3, que "el pecado entró en el mundo por un hombre y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron" (Rm. 5:12, VRV 1995).   Es decir, en la totalidad de los humanos el pecado ha distorsionado la imagen de Dios.  Podemos concluir que no existe una étnia superior a otra porque la condición pecaminosa es una realidad global. La Biblia es tajante, todo ser humano, de cualquier nacionalidad, raza, o agrupación social es un ser caído y bajo la condenación de Dios. 

A pesar de la desilusión divina respecto a su creación que culmina con el diluvio, el autor de Génesis señala, "Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová" (Gn.6:8). Los siguientes capítulos cuentan cómo Dios usó a Noé como instrumento para salvar a un remanente de la humanidad, así como de los animales, y demanda de él que ejerza una mayordomía respon­sable (Gn.9:1; 7), así como le había encargado a Adán en la creación.

Una Raza Multicultural
Es legítimo advertir que el pacto con Noé requería que sus descendientes repoblaran toda la tierra.  En este reploblamiento está implícita la dispersión, la formación de clanes, tribus y naciones, así como la distribución de la tierra como base de su hábitat.  El capítulo 10 de Génesis provee un "Índice de Naciones" antes de narrar el juicio de Dios sobre las naciones que resisten su orden de repoblación y diversificación sobre la tierra.  Según esta perspectiva, la multiplicidad de las culturas humanas no son consecuencia del pecado o resistencia a Dios, sino el deseo expreso del Creador.  Al final de cada genealogía de los tres hijos de Noé, el texto sagrado repite cada vez que ellos poblaron algún lugar en particular, cada cual según su lengua, conforme a sus familias en sus naciones (10:5, 20 y 31).  El capítulo termina repitiendo la afirmación que se dio sobre cada uno individualmente, "Estas son las familias de los hijos de Noé por sus descen­dencias, en sus naciones; y de éstos se esparcieron las naciones en la tierra después del diluvio" (Gn. 10:32).  Debemos destacar que los autores bíblicos usan la repetición para enfatizar alguna verdad considerada de mayor importancia.  Es decir, la multiplicación de las naciones y de las lenguas humanas no sólo tiene aprobación divina; es su expresa voluntad.

Pero, el capítulo 11 cuenta el fallido intento de construcción de una "torre, cuya cúspide llegue al cielo" para hacerse un nombre, por si fueran esparcidos sobre la faz de toda la tierra.  Asumimos la perspectiva que afirma que, el capítulo 11 refleja que la propuesta de la voluntad humana es contraria a la voluntad divina, en el sentido de que aquella (voluntad humana) busca afincarse en la homogeneidad mientras que ésta (voluntad divina) promueve la diversidad y la multiplicación para habitar toda la tierra. 

En efecto, este fue el intento de los pueblos en la llanura de Sinar.  Creían que con su frente común, cultura homogeneizada y sus logros arquitectónicos (o, ¿tecnoló­gi­cos?) podrían impresionar y así prescindir de Dios.  Pero Dios, quien siempre tiene la última palabra, dijo: «de eso nada», y forzosamente los esparció por toda la tierra al imposibilitar su comunicación.  No sería desatinado concluir que, de igual manera hoy, Dios se opone a todo esfuerzo humano de aniquilar las culturas de los pueblos, ya sea por medio de las guerras «etnocidas» o por medio de la asimilación obligada.

Un Pueblo redentor
La elección de Abram del medio idólatra de Ur de los caldeos (Gn.11:31), eviden­cia la voluntad divina de proveer un plan redentor para la humanidad que no dependa ni de las cualidades particulares del individuo, ni de su trasfondo socio-cultural.  El Dios soberano, dueño de su creación, es quien establece los medios redentores. 

En el Pacto Abrahámico, Dios ofrece bendición, una herencia y herederos.  Pero, los descendientes de Abraham, el pueblo de Israel, repetidamente se olvidaban de que la elec­ción y el pacto claramente señalaban hacia un propósito redentor: "Bendeciré a los que te ben­di­jeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra" (Gn. 12:3). 

Dios renovó su pacto con el Pueblo de Israel en su salida de Egipto y al llegar al Monte Sinaí.  Allí, de manera explícita condiciona su relación con este pueblo.  Ofrece bendiciones, cuidado como a "un tesoro especial", pero siempre con la responsabilidad de ser "un reino de sacerdotes" y "nación santa" (Gn. 19:4-6).  Esta función sacerdotal de representar a Dios ante el pueblo y al pueblo delante de Dios, así como modelar la santidad de Dios ante las naciones, son los vehículos primarios que Dios utilizaría para bendecir a las naciones circunvecinas.  Estas pautas son tan evidentes que en el Nuevo Testamento, el apóstol Pedro las retoma para aplicarlas al nuevo Israel (1 Pe. 2: 9-10).

En sus profecías, Isaías recuerda al pueblo que Dios puso a Israel como luz para las naciones, tarea que resistió repetidamente (Is. 42.6, 49:6; 60:3).  Así mismo, el profeta Jonás refleja de manera personal­, y como un modelo de Israel, la resistencia perenne del Pueblo de Dios a cumplir su función profética entre las naciones, tema que se afirma de diversas maneras en los Salmos.  Véase, por ejemplo, los Salmos 2, 33, 66, 72, 96, 98, 100, 117 y 145.  Por supuesto, nunca se le da al pueblo de Israel la responsabilidad de ir a las naciones, así como se le da al Nuevo Israel, en el Nuevo Testamento.  Pero, cumpliría su misión siendo paradigma de la obra redentora de Dios. 

Dios prevé que la diversidad cultural sería una realidad en medio de Israel y establece leyes de protección especial para "el forastero".  No solo demanda que no se oprima al extranjero, Dios requiere que se le trate como a uno de la familia.  Más aun, Dios dice, "lo amarás como a ti mismo".  ¡Qué increíble norma para el trato a las minorías étnicas de parte de los miembros de la cultura dominante! (cf. Lv. 19:33-34).

Y, por si esta amonestación se entendiera solo con relación a la protección de sus derechos civiles, Dios pone en claro que los «extranjeros» también tienen derecho a participar en la adora­ción y el culto bajo los mismos estatutos y leyes (Nm. 15: 14-16).

Cuando Moisés repite y contextualiza la ley para la nueva generación que tomaría posesión de la tierra prometida, reafirma el cuidado divino al huérfano, a la viuda y también al extranjero (Dt. 10: 17-19).

Así como los profetas Isaías y Jonás denunciaron a Israel por su incumplimiento de ser bendición para las naciones, Jeremías, el último profeta de Judá, exhorta al pueblo por el maltrato a los extranjeros en su medio (7:3-7; 22:1-3).  Ezequiel, por su parte, denun­cia específicamente que "al extranjero trataron con violencia en medio de ti", como una de las razones por las cuales Dios llevó al pueblo al exilio (Eze. 22:7).  Las denuncias de Ezequiel son particularmente alarmantes cuando reconocemos el martirio diario de los inmigrantes en esta nación, y la manera en que algunos creyentes justifican esas acciones. 

El Nuevo Pueblo de Dios
Es una realidad histórica que Jesús vivió en Palestina, vivió como judío galileo de la Palestina del primer siglo practicando las costumbres religiosas y sociales de un pueblo dominado por la superpotencia imperial romana.  Los cristianos entendemos que si bien Jesús fue completamente humano, también es cierto que fue Dios encarnado.  De hecho, para establecer el nuevo pueblo redentor, Dios se identifica con las realidades culturales de los judíos del primer siglo de la era cristiana, es decir, se sumerge total­mente en una cultura particular.  Nunca rechaza la cultura como tal, aunque sí denuncia repetidamente los pecados reiterados de aquella cultura particular. 

Al referirse a la exclusividad de su misión a "las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mt. 15:24), Jesús parece afirmar los prejuicios contra los gentiles y el rechazo de ellos por parte de los judíos.  Pareciera apoyar la idea de una raza o cultura superior, o más digna.  Un estudio cuidadoso, sin embargo, de las profecías acerca del Mesías, de los anuncios de su encar­na­ción y, final­mente, su comisión a los discípulos, revela que Dios en Cristo siempre tuvo y tiene la intención de que todos los pueblos, en todas las naciones adoren al Dios vivo y eterno.  La exclusividad de su misión a los judíos tiene justificación en su afán de darles oportunidad de retomar su llamado original a ser ese pueblo redentor que Dios había determinado por medio de Abraham.

Dios ratifica de manera dramática en el Pentecostés su intención de bendecir a todas las naciones (Hechos 2:7-8). La Iglesia de Jerusalén no fue capaz de interpretar el significado transcultural de este nuevo paradigma, aunque aparentemente un numeroso grupo de creyentes de étnias no-judías fueron incorporados a la comunidad.  Sin embargo, éstos proba­blemente ya formaban parte de los prosélitos quienes se habían asimilado a la cultura judía, par­ti­cu­larmente en sus aspectos litúrgicos. Es decir, a pesar de su idioma y trasfondo cultural ajenos, ellos habían adoptado las costumbres judías necesarias para su aceptación por parte de los judíos.

El relato de la visión de Pedro y su misión a la casa de Cornelio se repite tres veces en los Hechos, acentuando de esta manera su alto grado de importancia para el nuevo pueblo de Dios: Judíos y gentiles juntos en una casa adorando a Dios, y, ¡esto sin que los gentiles hubiesen tomado acciones específicas para acomodar los prejuicios de los judíos!  A pesar de estas experiencias tempranas en la vida de la iglesia, encontramos el conflicto delineado y resuelto en el primer concilio de la iglesia, relatado en Hechos 15. 

La obra misionera de Pablo y Bernabé había dado como resultado la conversión de numerosos gentiles, quienes, por supuesto, no se habían sometido al ritual simbólico religioso de la circuncisión practicado por los judíos.  Surge el conflicto misiológico: ¿Deben los pueblos evangelizados someterse a las costumbres culturales de quienes les llevan la Palabra de Dios?  Es cuestión de imposición cultural; en este caso, religiosa.

El problema de fondo es un problema teológico fundamental que ha generado conflictos a través de toda la historia cristiana. Podemos resumir el conflicto sencilla­mente: La salvación ¿es obra gratuita de Dios por medio de la fe? o ¿es el resultado del cumplimiento de ciertas normas religiosas independientes de la fe en Cristo Jesús y la gracia de Dios?    

Puesto de otra manera: ¿Deben sujetarse las iglesias hijas a la interpretación de las verdades bíblicas, a las costumbres normativas de la vida y el quehacer cristiano de la iglesia madre o del misionero? Tanto la soteriología como la misiología dependerían de las conclu­siones derivadas en esta consulta.  Por la gracia de Dios, y por medio de la sabiduría dada a su iglesia en ese evento, se llegó a la conclusión de que las leyes civiles y ceremoniales (religiosas) dadas a los judíos no se podían explayar universalmente a todos los pueblos. Valoramos esta extraordinaria demostración de contextualización.

La Nueva Raza Escatológica
El apóstol Pablo, quien tanto luchó por extender las buenas nuevas a través del Imperio Romano, fue el principal defensor de los derechos de los pueblos a mantener sus propias culturas al venir a Jesús.  Fue el Apóstol quien defendió a los gentiles contra la imposición cultural de los judaizantes en el Primer Concilio de la Iglesia como notamos arriba.  También fue Pablo quien puso el ejemplo de adaptación cultural para poder comunicar el evangelio de manera coherente ante la diversidad humana (1 Co. 9:20-23).  Sin embargo, él tampoco estuvo dispuesto a permitir que el mensaje del evangelio sea distorsionado.  Su carta a los Gálatas es nada tolerante respecto a la acomodación del mensaje.

Sin embargo, en la misma Epístola, Pablo reconoce que por medio de Cristo, "No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús" (Gal. 3:27-28).  Entender su declaración como un menosprecio por las diferencias culturales entre judíos y griegos, o una defensa de la asimilación cultural, sería una tergiversación trágica del mensaje paulino.  Así como no descarta la realidad de las culturas, tampoco podría desconocer la realidad de las diferencias entre los géneros humanos.  Lo que sí debemos entender, indiscutiblemente, es que ante Cristo no importan las diferencias culturales ni de género.  En Cristo, las diferencias entre una y otra raza, entre las étnias humanas, entre los grupos socio-culturales, entre los niveles educativos o profesionales, entre los sexos no pueden determinar aceptación, ni importancia, ni valor, ni tampoco podemos justificar la discriminación a las personas por cualesquiera de estas causas (cf. Ef. 2:14-16).

Si bien, el Apóstol se refiere particularmente a la división espiritual entre judíos y gentiles, hay una dimensión escatológica en este pasaje que destaca la voluntad divina de crear de toda la humanidad una sola raza hermanada aun con sus multiformes manifesta­ciones culturales.  Nuevamente, en este pasaje no se quiere sugerir que dejan de existir los judíos como grupo social humano, ni que los gentiles, de alguna manera, pierden sus identidades socio-culturales.  El principio planteado es que por encima de la diversidad cultural y social, imperan la reconciliación, la unidad, el acceso ilimitado a Dios quien es padre de todos. 

En la máxima expresión escatológica del futuro glorioso del pueblo de Dios, Juan ve "una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas. Estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas y con palmas en sus manos. Clamaban a gran voz, diciendo: « ¡La salvación pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero!»" (Ap. 7:9-10).  Sería una farsa interpretar este pasaje sin tomar cuenta de la diversidad cultural y étnica de la multitud en la presencia de Dios.  Al final de los tiempos, cuando los redimidos de Dios se reúnan ante el trono, en toda su gloriosa diversidad, finalmente podrán cumplir el deseo del salmista: "Alabad a Jehová, naciones todas; Pueblos todos, alabadle" (Sal. 117:1).

Lejos de homogenizar a la humanidad, Dios los recibirá al final con toda su gloriosa diversidad.  Lo que Dios formó desde la creación como una sola pareja humana, en la consumación de los tiempos, Él los volverá a recibir en sus matices coloridos manifestados por sus lenguas diferentes, sus trasfondos nacionales y sus etnias (tribus).

Conclusión
Hay quienes afirman que necesitamos ser más cristianos y menos culturales. Que es necesario abandonar las costumbres, los valores, las ideologías propias de los grupos sociales de donde provenimos.  Implícito en esta aspiración es que uno pudiera existir sin cultura alguna, o que alguna cultura o forma de ser humana es mejor que otra.  Por ende, generalmente los integrantes de las culturas dominantes consideran que la cultura propia es la manera más acertada, natural y correcta de ser.  Que si la gente de otras culturas, de otras nacionalidades, o las minorías étnicas, desean alcanzar las ventajas de la sociedad domi­nante, deben asimilarse a dicha cultura. 

Debemos resistir todo intento de volver a los llanos de Sinar para levantar torres falsas.  Todos, procedentes de diferentes culturas y naciones tenemos valores que aportar a la existencia humana y a la familia de Dios.

Preguntas para el diálogo:

  1. El reconocimiento de que la diversidad cultural ha ocupado un lugar central en el plan original de Dios para la humanidad, ¿Qué implicaciones tiene para la misión de la iglesia?
  2. Con base en lo expresado por el autor, ¿habría fundamento para hablar de una «cultura  o contracultura cristiana»?
  3. En el contexto específico del ministerio hispano en países como EEUU y Canadá, ¿Cuáles serían las maneras apropiadas para reconocer y expresar la riqueza de la diversidad cultural en nuestras congregaciones locales?

Perfil de autor

John W. Hall Jr., presbítero nazareno, es Profesor Asociado de Estudios Interculturales y Jefe del Programa de Estudios Interculturales en la Escuela de Teología y Filosofía de la Universidad Nazarena de Mount Vernon (Ohio). También, es Profesor Adjunto del Programa Hispano de Maestría en Ministerio de Olivet Nazarene University. Ostenta, además, una larga y fructífera trayectoria de servicio misionero en América Latina (1973-2001) a través de la Iglesia del Nazareno. Su influencia destacada se ha dado en áreas estratégicas como la plantación, desarrollo y consolidación de iglesias, así como en la educación teológica de pre y posgrado en el continente latinoamericano. Por su liderazgo y servicio ministerial ha formado a muchos de los actuales líderes ministeriales nazarenos en América latina.

El Dr. Hall, obtuvo su Ph.D. en Estudios Interculturales, Fuller Theological Seminary; Th.M. in Missiology, Fuller Theological Seminary; M.Div. Nazarene Theological Seminary; B.A. Trevecca Nazarene College; Graduate work in Cultural Anthropology,  University of Kansas.  

Junto con su esposa Sheila, vive en Mount Vernon, OH.